(Todos los humanos tenemos características comunes: somos bípedos, por ejemplo, herbívoros no estrictos, gregarios, necesitamos aproximadamente ocho horas de sueño por día, poseemos la capacidad de pensamiento abstracto... Padecemos conflictos).
Desde hace muchos años vengo sosteniendo que la obesidad no es más que la utilización de la gordura como mecanismo de defensa psicológico.
Me he opuesto siempre a la opinión oficial que sostiene todo lo contrario: la Medicina cree que el problema psicológico del gordo comienza a partir de haber adquirido su gordura.
Llegamos a aquella conclusión a principios de la década del ochenta. Por entonces habíamos formado un equipo que aparte de nosotros, dos médicos clínicos y una ginecóloga, incluía a un psiquiatra y dos psicólogas.
Convencidos totalmente, comenzamos a derivar a los gordos, que a nuestro parecer se mostraban como obesos, a los tres que estaban entrenados para tratar problemas de la psiquis.
El entusiasmo del principio era muy grande (téngase en cuenta, para nuestra disculpa, que todos teníamos por esas épocas alrededor de cuarenta años menos que ahora).
Después de la absoluta confirmación de que no son las calorías sino los hidratos de carbono los que producen la gordura, el “descubrimiento” más importante, la idea más progresista, era la redefinición de la palabra obesidad.
Todos nos sentíamos exultantes: “habíamos comenzado a transitar el camino de la resolución definitiva de tan complejo problema” “¡Estábamos seguros!”. Teníamos un arma poderosa para derrotarlo: aparte de reeducación alimentaria, psicoterapia paralela, y sanseacabó.
Obviamente presuponíamos que la combinación de terapias no habría de resultar en todos (así funciona la medicina), pero soñábamos conque en un gran porcentaje de ellos el éxito coronaría nuestros esfuerzos. En nuestra opinión más pesimista decíamos: “es mil veces mejor un pequeño número de recuperados que casi nadie”. Casi nadie es todo lo que conseguían los tratamientos ortodoxos o heterodoxos de la obesidad por esas épocas ( y, digámoslo de una vez, …por estas épocas también).
En una lista muy ordenada comencé a anotar los datos de cada uno de los pacientes que derivábamos a cualquiera de los tres psicoterapeutas.
Los principios fueron decepcionantes.
Luego de algunos años y de cientos de pacientes derivados ninguno había resuelto su problema. Estábamos abrumados por el rotundo fracaso.
“—Hay que cambiar de corriente terapéutica—“ fue la orden de emergencia que nos impusimos los médicos del grupo, por lo que comenzamos a derivarlos a otros psicólogos, a otros psiquiatras, de otras escuelas, esperando el éxito tan soñado al principio.
Pero el éxito jamás llegó. Ninguna corriente del pensamiento psicoterapéutico nos dio frutos.
Cuando a principios de los noventa anoté en mi cuidada lista al paciente seiscientos treinta y siete, decidimos ya no derivar más a ninguno.
Tendríamos que arreglarnos solos.
En enero de 1998 concurrió a mi consulta una joven de veinte años, extremadamente gorda que se había sometido ya a todos los tratamientos imaginables sin “ningún resultado”.
En su primera consulta se la veía muy entusiasmada (en realidad todos se ven muy entusiasmados en la primera consulta) pero mi experiencia de tantos años me decía que no conseguiría mucho con ella. Quiero decir que no podía imaginarla alguna vez delgada y esbelta, y eso, como siempre, me puso muy mal.
No hace falta que lo aclare, pero ya, a esas alturas, sabía internamente que reeducando su alimentación y ayudándola con la mejor terapia de apoyo que pudiera ofrecerle, por mas fervor que pusiéramos en la empresa, no podríamos conseguir más que un decepcionante fracaso (desengordaría mucho o poco, pero luego volvería más o menos al principio, como ocurre en la inmensa mayoría de los obesos y en muchos de los preobesos -más adelante le explicaré qué quiero significar con esta palabra-)
Teníamos por costumbre pedirles a nuestros pacientes que traigan con ellos unas gotas de la primera orina de la mañana cada vez que venían a control, para con un simple pero muy efectivo análisis medir el grado de cetonuria de cada uno. CETONURIA es la presencia de cetonas en orina. Su presencia la detectábamos al poner la orina en contacto con un reactivo denominado "de Rothera" y algunas gotas de amoniaco; eso hacía que el color ámbar de la orina virara al violeta, en intensidades variables. A cada intensidad se la califica con cruces (+). Si es un violeta apenas perceptible le otorgábamos solo una; si era perceptible pero muy suave, dos cruces; si era notoriamente violeta pero transparente, tres; si era tan intensamente coloreado como para impedir ver al otro lado, cinco cruces; y entre tres y cinco: cuatro. En todo proceso de adelgazamiento las grasas de reserva pasan al hígado y éste las transforma en glucosa que, como recordará, es nuestro combustible. En esa transformación de lípidos a hidratos de carbono quedan restos químicos que se denominan “cuerpos cetónicos”, que como casi todos los restos químicos de nuestro metabolismos son eliminados por la orina. Estos cuerpos cetónicos o cetonas son muy importantes, ya que si en la orina de una persona que está bajo tratamiento dietético y está perdiendo medidas y peso no se encuentran es que no está adelgazando, está enflaqueciendo, como le explicaba en la quinta Hipótesis.
Mi hábito, como le contaba, es cuantificar la cantidad de cetonas en la orina con cruces (de cero a cinco). Si la cetonuria es negativa, es que el paciente ha cometido muchas transgresiones o errores. Si el resultado es de una o dos cruces, la semana ha sido relativamente buena; si es de tres o cuatro, muy buena. Si tiene cinco cruces: excelente.
Pero a mi muchacha las cosas no le iban muy bien. Su cetonuria era, semana a semana, negativa o tenía cuanto más una cruz.
En la quinta visita vino acompañada por su madre. Ella quería disculpar a su hija diciendo que “no se enganchaba” en la propuesta, que “siempre comía alguna cosita” fuera de lo aconsejado, y que la causa era su gran preocupación por el mal estado de salud de ella, su mamá.
Mamá tenía un importante problema gástrico que los especialistas no atinaban a resolver, y mi paciente, muy preocupada por ese motivo, comía con alguna frecuencia cosas “prohibidas” a causa de la angustia que le provocaba tal situación.
Era la última persona que atendía esa noche, por lo que teníamos todo el tiempo por delante para discutir el tema.
Recuerdo haber comenzado la charla a partir de un cuento de mi infancia. El de aquel señor que en una noche de sábado caminaba por la calle atormentado por un horrible dolor de muelas, y se encuentra con un amigo que le pregunta el porqué de su padecimiento.
Cuando el personaje le explica su tormento, el amigo le aconseja consultar inmediatamente a un odontólogo. El pobre, a duras penas, consigue contarle que ya ha ido a la consulta de los tres que hay en el barrio pero que por diferentes motivos ninguno se encontraba en casa. Entonces su compasivo interlocutor le promete que él, instantáneamente, le hará olvidar el tan terrible malestar, por lo que le pide que ponga una mano en la pared, luego de lo cual le propina un terrible golpe en los dedos. El dolor de los dedos aplastados por tan feroz golpiza es tan terebrante que hace que el de muelas se olvide, tal como había asegurado el ocasional sanador.
Un dolor mayor hace desaparecer a otro menor. Igual que una alegría menor es opacada por una mucho mayor. O una pena por otra más intensa.
Desde que tenemos uso de razón hemos aprendido que así funcionan nuestros sentimientos: una pasión muy grande eclipsa a una más pequeña.
Y eso pasa con los conflictos. Un gran conflicto empalidece a uno de poca monta, pero si es muy importante hasta puede diluir a la suma de varios más pequeños.
Se aclararía mejor lo que quiero decirle si calificamos a todos los conflictos con puntajes del uno al diez.
Digamos que un conflicto de nivel tres deja de preocuparnos si al tiempo de transcurrir nos vemos envueltos en otro de calificación cinco. Le daríamos tanta importancia al segundo que el primero quedaría, literalmente, borrado de nuestra conciencia (por lo menos durante el tiempo en que estemos pensando en el conflicto mayor, por lo que cuanto más tiempo nos insuma, el menor perderá cada vez más relevancia). (Los humanos estamos dotados con el maravilloso don del pensamiento, pero es muy difícil pensar en dos cosas al mismo tiempo. Ése es el “secreto del éxito” del conflicto eclipsante: nos cuesta pensar en otra cosa mientras él esté ocupando nuestra mente).
Todos estamos rodeados de muchísimos conflictos diferentes, y la solución de la inmensa mayoría de ellos no están en nuestras manos. Y no lo están porque no sabemos, no queremos, no podemos o ni siquiera nos animamos a intentar solucionarlos.
Y semejante cantidad de conflictos insolubles nos abruma.
Pero no nos abruman tanto los conflictos en sí, sino la incertidumbre que nos produce su permanencia en nuestras vidas (son las incertidumbres las responsables del famoso stress).
El no saber si alguna vez, o cuándo, serán resueltos puede llegar a enajenarnos.
Y como no podemos vivir con tanta incertidumbre, hacemos, inconscientemente, lo que la vida nos ha enseñado: nos “metemos” en un conflicto que eclipse a todos los demás.
Digamos, volviendo a las matemáticas, que si todos juntos suman siete, nos involucramos en uno (volvámoslo a decir: inconscientemente) de grado ocho, por lo que todos los otros dejan de tener valor. Por lo menos el valor de hacernos sufrir por ellos.
Y uno engorda, por ejemplo, y como la gordura es tan minusvalidante en estos tiempos, adquiere tal dimensión que opaca a cualquier otra pena (inclusive a la suma de muchas otras penas).
La gordura, que es el conflicto que nuestro inconsciente ha elegido, tiene una aparente condición muy importante: puede uno salir de ella “ni bien se lo proponga”, creen erróneamente todos (—Cuando yo lo decida, adelgazo).
La charla no surtió efecto en mi joven paciente, pero la idea quedó definitivamente afincada en mi conciencia, en la parte de mi cerebro que se dedica a la comprensión de tan intrincado asunto.
Como era de esperar, desde el día siguiente comencé a comentarlo con mis otros pacientes que sufrían problemas semejantes. Gracias a Dios muchísimos de ellos son extremadamente inteligentes, por lo que poco a poco nos fuimos adentrando en lo más profundo del tema.
“EL CONFLICTO ECLIPSANTE”, ésa era la cuestión.
El panorama se abrió como un abanico.
Allí está el secreto de todo, y durante más de veinte años no nos habíamos dado cuenta.
A partir de ese momento comencé a entender muchas otras cosas: ¡En cuántos conflictos nos “metemos” los humanos, pensando que de ellos podremos salir cuando nuestra voluntad lo disponga, para así opacar los sufrimientos que nos producen aquellos por los que no podemos hacer nada para resolver..!
Una paciente, también de apenas veinte años, me dijo unos días después, y con total seguridad, luego de hablar de todo esto —No ha de haber en el mundo alguien que no tenga algún conflicto eclipsante.
Muchos de los gordos que me consultan (la inmensa mayoría) se “meten” en la gordura, sin quererlo por supuesto, con el objeto subterráneo de buscar un conflicto para, inconscientemente, disolver, enmascarar, diluir, minimizar, a todos los demás.
A partir de transformarse en gordos discriminados, rechazados, minusvalorados (autominusvalorados), las demás penas del alma pasan a un segundo, a un tercer, plano —El problema es que “soy” gordo— piensan todos ellos.
Pero ¿qué pasa si el nivel de la suma de todos los otros conflictos aumenta?. Todos lo saben; los gordos lo saben. Cada vez que algo, repentinamente, deja de funcionar o comienza a funcionar mal, sienten una irresistible compulsión por comer.
“Angustia oral”, se le llama. (O se le llamaba. En realidad hace mucho tiempo que no escucho esa tonta expresión.)
—Cuando me siento angustiado, contrariado, desasosegado, enojado, con nuevas incertidumbres... Me da hambre.
—¿De comer carne asada o algún trozo de fiambre?— les pregunto malintencionadamente.
—No, eso no.
—¿Quizá un buen trozo de queso y maníes?
—¡No, no!— me responden siempre.
—¿Qué, entonces?
—...No sé... Pan, facturas, chocolate, helados...
—Cosas que engordan, ¿no?
—...Y... Sí...
—Entonces ¿Qué le da... Ganas de comer o necesidad de engordar un poco más?— les cuestiono en un tono efectista.
—.....................................................................— (Silencio acompañado de una mirada de desconcierto).
Eso les da en realidad: ”necesidad de engordar”. Necesitan elevar el nivel de conflicto eclipsante.
Si la suma de todos los anteriores era siete, y con el ocho de su gordura lo camuflaban, ahora que esta nueva contradicción los subió, digamos a ocho punto treinta, necesitan elevar el eclipse a más de ocho con cincuenta para que todo, otra vez, vuelva a ser anulado por el conflicto que, ahora alimentado por la culpa de haber ingerido cosas que lo agravan, llegue a esa calificación.
Todos los conflictos pueden ser resueltos en mayor o menor medida.
A todos ellos los podríamos dividir en dos grupos. Se me ha ocurrido que para que la idea que pretendo transmitirle sea más inteligible (y para que podamos, yo mismo, mis pacientes y los lectores, asimilarla mejor), denominarlos así:
* Conflictos del primer tipo, y
* Conflictos del segundo tipo.
Los del primer tipo son aquellos cuya causa desencadenante puede ser eliminada. Y si eliminamos la causa que produce un conflicto, éste queda automáticamente resuelto. (“Muerto el perro se acabó la rabia”, decían nuestros abuelos, y vale como un simple y rápido ejemplo.)
Los del segundo tipo son los que la causa que los ha producido no puede ser eliminada –cualquiera sea el motivo de esa imposibilidad– (Un duelo podría ser uno de ellos. La aparición de una enfermedad crónica como la diabetes, podría ser otro; quizá un divorcio...).
Todos sabemos que hay solo dos maneras de resolver un conflicto*.
*N
del A: El lector advertirá una desagradable redundancia en el uso de la
palabra conflicto. Podría haber usado algún sinónimo para hacer menos
fatigosa la lectura: dificultad, apuro, apremio, contrariedad, enojo,
tropiezo, problema, complejidad, peligro, aprieto, trance, ahogo, brete,
embrollo...y hay más, pero he decidido usar tan solo “conflicto”. La
reiteración del término es poco elegante, pero totalmente intencional.
Me suena más rotundo.
Hay solo dos maneras, decía.
1.– Eliminar la causa que lo produce.
Es la manera ideal, la más deseable. Si uno elimina la causa que lo produce, el conflicto desaparece. (Esto, obviamente, solo puede conseguirse con los del primer tipo.) Mas si la causa que lo desencadenó no puede ser erradicada, hay otro camino:
2.– Adaptarse a vivir con el conflicto.
Si uno se adapta a vivir con un conflicto cuya causa original no puede ser eliminada (conflicto del segundo tipo), el mismo deja de ser tal... Se resuelve.
Allí está el secreto.
Los obesos tienen una, quizá, congénita incapacidad para (o a lo largo de su vida no han aprendido cómo, o ni siquiera se atreven a intentar) adaptarse a convivir con los conflictos del segundo tipo.
Ellos, ante los del primer tipo no se ven en problemas. Cuando a un conflicto se lo puede resolver eliminando la causa que lo origina, lo hacen como cualquier otra persona. Pero cuando esa no es la forma posible, su dificultad para adaptarse a vivir con ellos es tal que se ven en la imperiosa, inconsciente y subterránea necesidad de eclipsarlos (engordando, o haciendo algo por agravar la gordura preexistente, por ejemplo).
Esta última reflexión me ha aclarado muchas cosas oscuras que había observado, desde hace años, en una gran cantidad de pacientes obesos.
Me refiero a aquellos que se mostraban tremendamente exitosos en sus actividades laborales o intelectuales (profesionales, obreros especializados, empresarios, artistas...).
Cuando con el correr de las consultas nos íbamos adentrando en los vericuetos de la vida privada, extracurricular, de cada uno, notaba en la inmensa mayoría que las cosas en general no estaban demasiado bien. (En casi todos ellos, en realidad, estaban muy mal.)
No entendía como podían ser tan brillantes en algunos aspectos de sus vidas, y tan opacos en otros.
Ahora creo que comprendo todo.
El éxito en sus actividades laborales o artísticas se construye y refuerza a partir de resolver conflictos para los cuales se han entrenado o tienen condiciones innatas para lograrlo. En las profesiones, en los trabajos, en las empresas, en el arte, la inmensa mayoría de los conflictos son del primer tipo, por eso la educación, el entrenamiento o las dotes naturales de cada cual, les hace más o menos sencillo el eliminar, con decisiones acertadas, las causas que los producen.
En el resto de la vida de cada uno, en la cotidianeidad familiar, en todo lo que es absolutamente personal y extralaboral o extraprofesional, muchos de los conflictos son del segundo tipo, por lo que, como hemos dicho antes, para resolverlos deben adaptarse a convivir con ellos. Y es su incapacidad de adaptación a los mismos lo que los obliga a utilizar el mecanismo del eclipse como casi el único recurso que les permite desempañar, aunque más no sea un poco, su felicidad.
Existe algo más que todo el mundo cree saber: la gordura es la promotora de un sinnúmero de afecciones que de ella derivan: diabetes; aumento de las cifras de colesterol y triglicéridos, y descenso de las del bienhechor HDL colesterol en el torrente sanguíneo; aumento de los valores de la presión arterial... Como consecuencia de todo lo anterior: mayor incidencia de aterosclerosis, problemas cardiovasculares, etc. etc. etc…
Pero nada de esto es cierto (Ya argumentaré esta afirmación más adelante).
Y como todo gordo “sabe” aquello, cuando ante un compulsivo ataque por consumir cosas que engordan; o ante el abandono de una dieta adelgazante que al parecer “estaba dando resultados”; o ante la inopia, ante el —No hago nada por mi gordura— el nivel de conflicto aumenta los grados que cada cual quiera imaginar. Por lo que, en consecuencia, todos los otros preexistentes o los nuevos que aparezcan o el agravamiento de alguno anterior, descienden a un plano tan bajo que su mente directamente los desecha. Están tan eclipsados por el conflicto dominante… (—¿Qué estoy haciendo de mi vida?. Con la diabetes que tengo, con mi hipertensión y con lo que aumenté de peso en la última semana, y acabo de comerme semejante porción de postre helado...) están tan eclipsados, decía, que no tienen tiempo de pensar en ellos. Y si no dedican tiempo a meditarlos, descubren que les duelen mucho menos.
Nota a los psicólogos y psiquiatras:
Pido, humildemente, perdón por la irreverencia de introducirme en un campo que es de su absoluta competencia. Perdón por exponer esta hipótesis en un idioma tan llano; por el poco, nulo o, tal vez, pésimo uso de la terminología de vuestros conocimientos, mas me he animado a hacerlo porque en las largas charlas que sobre estos temas he tenido con algunos de mis pacientes, casualmente psicólogos y psiquiatras, los noté, siempre, muy interesados en mi exposición de estas ideas, lo que me ha dado el coraje necesario como para exponerlas aquí.
Sin ser nadie en esta rama del arte de curar, creo que si lo fuera (realmente me gustaría ser experto en la materia) trataría de enfocar mi terapia en adiestrar al gordo, que por su gordura me consultare, para que aprenda a adaptarse a vivir con los conflictos existenciales cuyas causas desencadenantes él no puede modificar, sabiendo de antemano que si no lo conseguimos, el problema que lo trajo a mi consulta no tendrá ninguna solución.A fines de los 90 una paciente, al hablar del conflicto eclipsante, comentó que siendo un proceso inconsciente, la consulta con un psicólogo sería una segura solución. Mi respuesta fue negativa, y se me ocurrió justificar mi escepticismo con una figura —Mire— le comenté —en Japón existe la costumbre de recolectar perlas con inmersiones a pulmón. Es un trabajo realizado generalmente por mujeres a las que se les denomina Amas. Ellas solo pueden llegar a 20 ó 25 metros para atrapar ostras, pero hay ostras, quizá mucho más prometedoras, a mucha mayor profundidad, por lo que les son inalcanzables. Allí tendrán que intervenir los buzos.
Con la psicología se me ocurre que pasa algo parecido: tan solo se puede llegar a una cierta profundidad en el inconsciente de las personas a las que se asisten; pero, como las Amas, no más profundamente. Volviendo a la figura de las amneistas (las que se sumergen aguantando la respiración), los psicólogos solo pueden ayudar a quienes tienen, digamos, conflictos que no superan los 25 metros de profundidad. La obesidad seguramente ha de estar a mas de cien metros en lo profundo, por lo que sin equipo adecuado ni los psicólogos ni los psiquiatras pueden llegar tan hondo… Y aún no se han inventado equipos de buceo que puedan lograr eso.
Cuando me senté a redactar esta hipótesis, el trabajo aparentaba ser casi imposible.
Desplegar lo que para mí es un formidable cúmulo de ideas en forma inteligible y convincente me obligó a reescribirlo, de cabo a rabo, cuatro veces, y muchas más ir haciendo correcciones que pensaba necesarias en cada relectura. Se me hacían imprescindibles.
Cuando después de tanto trajinar llego a esta parte del capítulo se me plantea un problema aún mayor (una verdadera tormenta intelectual, le comentaba una noche a un grupo de amigos): ¿Qué pensará un obeso al llegar a este punto de la lectura con respecto a la posibilidad de eliminar el problema que le indujo a leer este trabajo?
Es harto probable que se sienta muy mal a estas alturas –yo me sentiría así, soy absolutamente consciente de eso, si tuviese su problema–.
PERO NO DESESPERE.
Es seguro que vamos a encontrar o a imaginar algunas actitudes productivas que hagan que su fe vuelva a hacer acto de presencia.
Siga leyendo, aún no está todo dicho.
Es también muy seguro que algunos de mis colegas, o de otros profesionales que se dedican al abordaje de estos temas, se sientan contrariados con el mensaje, o no estén de acuerdo con él.
Si así fuera, les ruego encarecidamente (si realmente tienen legítima vocación por llegar alguna vez a la resolución de tan espinoso y universal conflicto) me lo comuniquen, lo discutiremos, intercambiaremos ideas.
Les pido por favor que utilicen la cuota de escepticismo que Dios les ha dado en su formación para estar de acuerdo conmigo en por lo menos una cosa: aceptar que las cosas como van, no van.
sábado, 19 de mayo de 2018
Séptima Hipótesis: EL ORDEN POR EL TERROR.
(La actitud del paciente que acude al médico siempre está matizada -aunque en su mayor parte inconscientemente- de disgusto y miedo, su más profundo deseo es recibir consuelo y ayuda, más que curación, y su fe y esperanzas estarán dirigidas hacia una manifestación mágica de estas mercedes.
Nunca crean ustedes que estos elementos puedan estar totalmente ausentes, por mucho que los disimule la educación, la razón o una aparente franqueza. –Wilfred Trotter–)
Los seres humanos somos animales gregarios: debemos convivir con otros de la misma especie para poder desarrollar a pleno todas nuestras capacidades.
Esa condición nos ha obligado, desde siempre, a compartir grupos más o menos numerosos. Y el vivir en comunidades desarrolló la necesidad de imponer el orden imprescindible como para que la vida de cada uno transcurra pacíficamente, o con la menor cantidad de sobresaltos posibles. Vamos, para que uno se sienta reconfortado de vivir en sociedad.
Las leyes y reglamentos que cada grupo se impone por convención son el arma más antigua que el hombre ideó para que la gregariedad sea factible o, en el último de los extremos, tolerable. Para extraer de aquella condición la mayor cantidad de beneficios posibles.
El orden es el elemento fundamental para que cualquier conjunto humano pueda coexistir en cualquier espacio físico con felicidad.
La vida nos ha enseñado que hay, por lo menos, cinco maneras de mantener ese orden.
Podrían denominarse como sigue:
1.– El orden por la cultura.
Es el que nos permite cierta convivencia en base a pautas morales adquiridas en el transcurrir de nuestra existencia, de nuestra educación.
Con los ejemplos podrían llenarse varios tomos, pero tan solo uno o dos nos darán la idea.
* El no hacer algo que ofenda a los otros, usando para ello el egoísta argumento de que lo hacemos porque nos conviene.
* El ser cordiales con los demás para que su convivencia con nosotros les sea agradable.
2.– El orden por la persuasión.
Es el que se consigue convenciendo a alguien sobre los beneficios que han de traerle a él, o a quienes le rodean, el mantener algún tipo de orden en determinado aspecto de sus vidas.
3.– El orden por el estímulo.
También los ejemplos de este tercer tipo podrían llenar varios libros, pero solo uno será suficiente para que usted comprenda a qué me refiero.
* El premiar a alguien que haya realizado una labor correcta, sabiendo él, de antemano, que si procede correctamente será recompensado.
4.– El orden por el temor.
Es el orden que en general imponen las leyes y reglamentos: si actúo de mala forma recibiré un castigo a causa de mi mala actuación.
Muchas veces en una madrugada fría y lluviosa, cuando tenemos gran prisa por llegar a casa, nos enfrentamos, en una desolada calle de nuestro barrio, con un semáforo en rojo que nos ha de detener algunos “interminables” segundos. A pesar de que advertimos que si lo traspasamos nada malo ha de ocurrir ya que somos los únicos que a esas horas estamos transitando, el temor a que un inspector agazapado detrás de un árbol, o alguna indiscreta cámara fotográfica, advierta nuestra falta y nos imponga una dolorosa multa, nos obliga a respetar la señal resignadamente (si es que nuestra cultura no nos alcanza para hacernos desistir de la idea de transgredir). Sentimos el temor de que al quebrantar las reglas una pena monetaria nos haga sufrir, por lo que “preferimos” acatar la ley que dice “Ante un semáforo en rojo detenerse hasta que trocando a verde nos permita el paso”.
5.– El orden por el terror.
Ésta es, sin dudas, la forma más odiosa de mantenerlo.
Usted imaginará muchos ejemplos, pero tan solo un par aclarará perfectamente el concepto.
Cuando el Imperio Romano formó sus ejércitos, sus tropas se nutrieron de una inmensa mayoría de reclutas con capacidades culturales prácticamente nulas.
El verticalismo en su estructura era (y sigue siéndolo en los ejércitos modernos) la única forma posible de mantener el orden y llevar a la victoria en las luchas para las cuales se les preparaba.
Mas ¿Cómo podría conseguirse de gente tan basta la obediencia necesaria para el éxito en la empresa?
Seguramente no por la persuasión y menos aún por la cultura. El estímulo no era suficiente. E insuficiente era, también, el temor.
Entonces los Generales apelaron al único modo posible: el terror.
Imaginemos a una Centuria practicando para marchar ordenadamente.
Todos moviendo las piernas al unísono. Comenzando la marcha con la pierna izquierda y siguiendo la cadencia: derecha–izquierda–derecha...
Trate de imaginar el desorden ocasionado en los movimientos de una muchedumbre provista de una cultura tan poco evolucionada (la inmensa mayoría ni siquiera sabía qué era derecho y qué izquierdo).
¿Qué hacían entonces los Centuriones para solucionar tan formidable problema? Pues simplemente usaban el orden por el terror.
–“¡¡A quien equivoque el paso se le castigará!!”
Y cuando habían castigado cruelmente a cuatro o cinco, delante de todos, con juicios más que sumarísimos, los restantes componentes de la escuadra, aterrorizados por la posibilidad de un seguro y cruel castigo ante el más mínimo error, marchaban tan sincronizadamente como si lo hubiesen hecho desde su primera infancia.
La pena de muerte que en muchos países aun se utiliza, no es más que un desesperado intento de mantener cierto orden: –el que asesinare será, a su vez, asesinado– No ha dado un gran resultado, según muestran las más diversas estadísticas, pero a pesar de lo ilógico, cruel e inhumano, se seguirá utilizando en muchos lugares del planeta que, a pesar de todo, muestran un altísimo grado de intelectualidad.
La Medicina es la más humana de todas las ciencias.
Su cometido es el de aliviar los sufrimientos de nuestros congéneres.
A nadie se le ocurriría utilizar la doctrina del orden por el terror en una ciencia que ha sido creada para asegurar el bienestar del hombre a partir del amor, la entrega, la comprensión y la compasión, pero, aunque parezca increíble, el orden por el terror es de uso cotidiano.
Y es en los “tratamientos de la gordura” en donde se ve más patentizado
—Si no adelgaza de una buena vez ha de ocurrirle esto, y seguramente esto otro, o quizá aquello…— es el infame pronóstico que escuchan de la inmensa mayoría de los médicos a quienes consultan (o de aquellos que dan consejos por radio, televisión o en la prensa amarillísima). Es así: la escuchan de boca de los médicos a los cuales han concurrido a pedir consuelo y ayuda.
Y el gordo que alguna vez ha consumido anfetaminas, que quizá le prescribió el mismo que hoy pretende aterrorizarlo (o el obeso que necesita de su gordura para, inconscientemente, diluir el cúmulo de conflictos del segundo tipo que empañan su vida, y al que nadie ha intentado enseñar cómo adaptarse a vivir con ellos para resolverlos), el gordo, decía, tampoco puede adelgazar, pero ahora es más que un gordo: se ha transformado en un gordo muerto de miedo.
Están utilizando el ORDEN POR EL TERROR, y en medicina ése es el peor de los pecados, la peor de las transgresiones.
“La actitud del paciente que acude al médico siempre está matizada, aunque en su mayor parte inconscientemente, de disgusto y miedo, y su más profundo deseo es recibir consuelo y ayuda, más que curación...”
Qué consuelo y ayuda pretenden estar dándole al que amenazan por mantenerse en su, piensan ellos, “porfiada” idea de seguir con su gordura.
Los gordos reclaman —¡Ayúdeme a poner orden en mi vida! ¡Quiero ordenar mi salud!— y esos médicos, ilusos, pretenden usar el terror para lograr el orden.
No mi querido lector, no han de ser esos los métodos.
Estamos moral y éticamente obligados a utilizar el orden por la persuasión, por el estímulo...por la cultura. Esa es la médula de la buena praxis.
El paciente gordo tiene que salir de la consulta soñando, entusiasmado, con los beneficios que podría lograr si adelgazara. O, en el peor de los casos, convencido (totalmente convencido, quiero decir) que si su inconsciente, su otro yo, no puede hacer nada por aliviarlo, NADA MUY MALO LE VA A OCURRIR (salvo que alguna vez decida consultar a algún profesional que pretenda encaminar su destino utilizando el orden por el terror).
En la próxima hipótesis redondearemos la idea de todo esto.
Nunca crean ustedes que estos elementos puedan estar totalmente ausentes, por mucho que los disimule la educación, la razón o una aparente franqueza. –Wilfred Trotter–)
Los seres humanos somos animales gregarios: debemos convivir con otros de la misma especie para poder desarrollar a pleno todas nuestras capacidades.
Esa condición nos ha obligado, desde siempre, a compartir grupos más o menos numerosos. Y el vivir en comunidades desarrolló la necesidad de imponer el orden imprescindible como para que la vida de cada uno transcurra pacíficamente, o con la menor cantidad de sobresaltos posibles. Vamos, para que uno se sienta reconfortado de vivir en sociedad.
Las leyes y reglamentos que cada grupo se impone por convención son el arma más antigua que el hombre ideó para que la gregariedad sea factible o, en el último de los extremos, tolerable. Para extraer de aquella condición la mayor cantidad de beneficios posibles.
El orden es el elemento fundamental para que cualquier conjunto humano pueda coexistir en cualquier espacio físico con felicidad.
La vida nos ha enseñado que hay, por lo menos, cinco maneras de mantener ese orden.
Podrían denominarse como sigue:
1.– El orden por la cultura.
Es el que nos permite cierta convivencia en base a pautas morales adquiridas en el transcurrir de nuestra existencia, de nuestra educación.
Con los ejemplos podrían llenarse varios tomos, pero tan solo uno o dos nos darán la idea.
* El no hacer algo que ofenda a los otros, usando para ello el egoísta argumento de que lo hacemos porque nos conviene.
* El ser cordiales con los demás para que su convivencia con nosotros les sea agradable.
2.– El orden por la persuasión.
Es el que se consigue convenciendo a alguien sobre los beneficios que han de traerle a él, o a quienes le rodean, el mantener algún tipo de orden en determinado aspecto de sus vidas.
3.– El orden por el estímulo.
También los ejemplos de este tercer tipo podrían llenar varios libros, pero solo uno será suficiente para que usted comprenda a qué me refiero.
* El premiar a alguien que haya realizado una labor correcta, sabiendo él, de antemano, que si procede correctamente será recompensado.
4.– El orden por el temor.
Es el orden que en general imponen las leyes y reglamentos: si actúo de mala forma recibiré un castigo a causa de mi mala actuación.
Muchas veces en una madrugada fría y lluviosa, cuando tenemos gran prisa por llegar a casa, nos enfrentamos, en una desolada calle de nuestro barrio, con un semáforo en rojo que nos ha de detener algunos “interminables” segundos. A pesar de que advertimos que si lo traspasamos nada malo ha de ocurrir ya que somos los únicos que a esas horas estamos transitando, el temor a que un inspector agazapado detrás de un árbol, o alguna indiscreta cámara fotográfica, advierta nuestra falta y nos imponga una dolorosa multa, nos obliga a respetar la señal resignadamente (si es que nuestra cultura no nos alcanza para hacernos desistir de la idea de transgredir). Sentimos el temor de que al quebrantar las reglas una pena monetaria nos haga sufrir, por lo que “preferimos” acatar la ley que dice “Ante un semáforo en rojo detenerse hasta que trocando a verde nos permita el paso”.
5.– El orden por el terror.
Ésta es, sin dudas, la forma más odiosa de mantenerlo.
Usted imaginará muchos ejemplos, pero tan solo un par aclarará perfectamente el concepto.
Cuando el Imperio Romano formó sus ejércitos, sus tropas se nutrieron de una inmensa mayoría de reclutas con capacidades culturales prácticamente nulas.
El verticalismo en su estructura era (y sigue siéndolo en los ejércitos modernos) la única forma posible de mantener el orden y llevar a la victoria en las luchas para las cuales se les preparaba.
Mas ¿Cómo podría conseguirse de gente tan basta la obediencia necesaria para el éxito en la empresa?
Seguramente no por la persuasión y menos aún por la cultura. El estímulo no era suficiente. E insuficiente era, también, el temor.
Entonces los Generales apelaron al único modo posible: el terror.
Imaginemos a una Centuria practicando para marchar ordenadamente.
Todos moviendo las piernas al unísono. Comenzando la marcha con la pierna izquierda y siguiendo la cadencia: derecha–izquierda–derecha...
Trate de imaginar el desorden ocasionado en los movimientos de una muchedumbre provista de una cultura tan poco evolucionada (la inmensa mayoría ni siquiera sabía qué era derecho y qué izquierdo).
¿Qué hacían entonces los Centuriones para solucionar tan formidable problema? Pues simplemente usaban el orden por el terror.
–“¡¡A quien equivoque el paso se le castigará!!”
Y cuando habían castigado cruelmente a cuatro o cinco, delante de todos, con juicios más que sumarísimos, los restantes componentes de la escuadra, aterrorizados por la posibilidad de un seguro y cruel castigo ante el más mínimo error, marchaban tan sincronizadamente como si lo hubiesen hecho desde su primera infancia.
La pena de muerte que en muchos países aun se utiliza, no es más que un desesperado intento de mantener cierto orden: –el que asesinare será, a su vez, asesinado– No ha dado un gran resultado, según muestran las más diversas estadísticas, pero a pesar de lo ilógico, cruel e inhumano, se seguirá utilizando en muchos lugares del planeta que, a pesar de todo, muestran un altísimo grado de intelectualidad.
La Medicina es la más humana de todas las ciencias.
Su cometido es el de aliviar los sufrimientos de nuestros congéneres.
A nadie se le ocurriría utilizar la doctrina del orden por el terror en una ciencia que ha sido creada para asegurar el bienestar del hombre a partir del amor, la entrega, la comprensión y la compasión, pero, aunque parezca increíble, el orden por el terror es de uso cotidiano.
Y es en los “tratamientos de la gordura” en donde se ve más patentizado
—Si no adelgaza de una buena vez ha de ocurrirle esto, y seguramente esto otro, o quizá aquello…— es el infame pronóstico que escuchan de la inmensa mayoría de los médicos a quienes consultan (o de aquellos que dan consejos por radio, televisión o en la prensa amarillísima). Es así: la escuchan de boca de los médicos a los cuales han concurrido a pedir consuelo y ayuda.
Y el gordo que alguna vez ha consumido anfetaminas, que quizá le prescribió el mismo que hoy pretende aterrorizarlo (o el obeso que necesita de su gordura para, inconscientemente, diluir el cúmulo de conflictos del segundo tipo que empañan su vida, y al que nadie ha intentado enseñar cómo adaptarse a vivir con ellos para resolverlos), el gordo, decía, tampoco puede adelgazar, pero ahora es más que un gordo: se ha transformado en un gordo muerto de miedo.
Están utilizando el ORDEN POR EL TERROR, y en medicina ése es el peor de los pecados, la peor de las transgresiones.
“La actitud del paciente que acude al médico siempre está matizada, aunque en su mayor parte inconscientemente, de disgusto y miedo, y su más profundo deseo es recibir consuelo y ayuda, más que curación...”
Qué consuelo y ayuda pretenden estar dándole al que amenazan por mantenerse en su, piensan ellos, “porfiada” idea de seguir con su gordura.
Los gordos reclaman —¡Ayúdeme a poner orden en mi vida! ¡Quiero ordenar mi salud!— y esos médicos, ilusos, pretenden usar el terror para lograr el orden.
No mi querido lector, no han de ser esos los métodos.
Estamos moral y éticamente obligados a utilizar el orden por la persuasión, por el estímulo...por la cultura. Esa es la médula de la buena praxis.
El paciente gordo tiene que salir de la consulta soñando, entusiasmado, con los beneficios que podría lograr si adelgazara. O, en el peor de los casos, convencido (totalmente convencido, quiero decir) que si su inconsciente, su otro yo, no puede hacer nada por aliviarlo, NADA MUY MALO LE VA A OCURRIR (salvo que alguna vez decida consultar a algún profesional que pretenda encaminar su destino utilizando el orden por el terror).
En la próxima hipótesis redondearemos la idea de todo esto.
Octava Hipótesis: LA GORDURA NO PRODUCE TODAS LAS ENFERMEDADES DE LAS QUE SE LE CULPA.
(En donde verá un perfecto ejemplo del uso del orden por el terror)
En la sexta Hipótesis le comentaba que todo el mundo “sabe” que la gordura es la causa de un sinnúmero de padecimientos que se generan a partir de ella. Y en la Hipótesis pasada, que ese “conocimiento” es utilizado por muchos colegas para aterrorizar a sus pacientes gordos creyendo, cándidamente, que de esa forma, que con esa estratagema, se logrará más éxito que dejando todo en las exclusivas manos de “la fuerza de voluntad” de cada uno de sus consultantes.
Espero haberlo convencido de lo perjudicial que es para el espíritu del gordo esa actitud, cuando en la inmensa mayoría de las veces no se consigue más que transformarlo en un gordo muerto de miedo.
Pero lo peor de todo es que casi ninguna de las “terroríficas” consecuencias que se atribuyen a la gordura es cierta.
Exceptuando a los problemas estrictamente mecánicos, originados en el necesario sobreesfuerzo de transportar todo el tiempo el exceso de peso de la adiposis: problemas osteoarticulares (artrosis, deformaciones de los ejes fisiológicos en la estructura de los miembros inferiores y columna vertebral, fundamentalmente.); venosos (várices, insuficiencia de las venas profundas y hemorroides; todo por el agrandamiento patológico de los diámetros de las venas a causa de la dificultad que el acúmulo de grasas que se encuentra dentro de la cavidad abdominal crea al retorno venoso de la mitad inferior del cuerpo al presionar la vena cava inferior que es la que, al fin, colecta la sangre transportada por todas las venas de esa región y la vuelca al corazón, por lo que se entorpece la circulación de todo el sistema, con aumento subsecuente de la presión intravenosa y su final agrandamiento a causa de ese aumento de presión en forma constante.); o al simple hecho de llevar encima de sus costillas una capa exageradamente gruesa de grasa de depósito, lo que produce un fenómeno conocido como “apnea del sueño” (ataques pasajeros de insuficiencia de la regulación automática de la respiración mientras se duerme), o el llamado “síndrome de Pickwick” (somnolencia producida al estarse quieto y distraído a causa de la menor ventilación producida por una respiración automática entorpecida por el peso de la capa de grasa que se encuentra debajo de la piel que rodea la caja torácica, lo que disminuye el contenido de oxígeno en la sangre y el consecuente y pasajero deterioro de la función cerebral que regula la vigilia), todas las teorías que proponen una extensa lista de patologías asociadas a poseer una capa de tejido graso más voluminosa que lo habitual SON TEORÍAS INVÁLIDAS.
Todo el discurso que inculpa a las grasas extras de semejante lista de males, se debe a una errónea interpretación de los datos estadísticos, a una forma equivocada de interpretar la Evidencia.
No es real que TODAS las personas gordas sufran más frecuentemente de todo lo que a la gordura se atribuye (diabetes, dislipidemias, hipertensión...). En una población de gordos hay tan solo muy poco más diabéticos e hipertensos, por ejemplo, que en una de delgados. El aumento patológico de los valores de las grasas que circulan en la sangre se ven igual de alteradas en los primeros que en los segundos. Por eso, a ciencia cierta, nada tiene que ver en estos fenómenos el mayor o menor grosor del tejido graso de cada uno.
Aunque en realidad los gordos padecen un poco más de algunas cosas de ese tipo, no es por la gordura que portan, sino POR LOS ALIMENTOS QUE DEBEN CONSUMIR PARA PROCURARSE O MANTENER ESA GORDURA.
Este concepto es muy importante, aunque podría decirse de él que no es más que un razonamiento especulativo, pero ya se verá que no lo es para nada.
Todos, absolutamente todos los gordos lo están porque comen mal (invariablemente se alimentan mal -algunos muy mal-).
Muchos de los delgados lo son por varias razones, incluso porque algunos de ellos comen bien.
Para explicar mejor esto último digamos que hay, cuanto menos, cuatro tipos de delgados:
1.– Delgados genéticos:
Son aquellos que a causa de las intrincadas combinaciones de genes que les han dado origen, o a algún error en la combinación, tienen una incapacidad para acumular grasas de depósito. No importa cuán bien coman (y en general comen tan mal como los más gordos de los gordos), han nacido sin el protector tejido que puede acumular energía para utilizarla cuando su aporte exógeno escasee. Son, casi siempre, personas de aspecto lánguido, macilento. Generalmente ellos tienen tantos o más conflictos que los gordos en lo que se refiere a su estructura corporal, a su aspecto. Los gordos, al final, pudiesen tener un cuerpo armónico, y hasta esbelto (si su genética les es favorable), si se lo permitieran. Mas los delgados genéticos no pueden hacer absolutamente nada para lograrlo (si es que opinaran que la estética del cuerpo que Dios les ha dado no les gustase). Y cuando pretenden lograrlo, lo único que consiguen es empeorar la situación.
Una persona delgada pero de cuerpo muy magro, pretende solucionar su conflicto “engordando” (como dicen ellos). Para eso hacen todo lo contrario que los gordos que están en un plan de adelgazamiento: engullen cuanto carbohidrato se les pone enfrente (y si no los tienen van y los buscan). Están tan subyugado por la “científica idea” de que comiendo mucho se engorda, que ellos intentan realizar la experiencia para resolver su conflicto.
Pero se sienten defraudados, ya que cuanto más y peor comen, más flacos se ponen (cosa que los desconcierta –y desconcierta a la mayoría de mis colegas–).
A fines de los años setenta llegó a mis manos un librito que promocionaba una dieta que en esas épocas era famosa, por lo menos en todo occidente, La dieta médica Scarsdale. En el capítulo XIII, y en la página 148 de la edición en español, su autor contesta una supuesta pregunta que una paciente le había hecho alguna vez, sobre qué podía hacer ya que era “muy delgada” y quería “aumentar de peso”. La respuesta me consternó: el autor le comentaba que ese era el problema de unos cinco millones de estadounidenses por esos tiempos; que “no era de fácil solución para las personas que pesan poco y a las que no les importa la comida”. A continuación aconsejaba un plan de dos semanas de abundante alimentación como para “subir de cinco a siete kilos” (debo reconocer que luego advertía, cautelosamente, que ese plan no era para seguir toda la vida). Acto seguido, y después de aconsejarle sentarse a engullir no menos de tres descomunales comidas diarias, le daba una lista de los alimentos que debían formar parte de esas “panzadas”: alimentos con altísimas “calorías” (maíz en lugar de zanahorias –?–; frutas envasadas en almíbar; caramelos; tortas ; helados; —agregue crema y azúcar a los cereales— etc., etc., etc.).
Mi pobre colega Tarnower, no sé en base a qué evidencia, suponía que si una persona delgada magra (preocupada por su aspecto) comía lo que a los gordos engorda, engordaría (valga el juego de palabras).
Muchos de mis pacientes “flacos” que en todos estos años me consultaron con el objeto de “engordar”, me han contado experiencias parecidas con los médicos a los que previamente habían consultado. Curiosamente, y contrariando lo que aparentemente sería de sentido común, el resultado siempre había sido un empeoramiento de su condición, cosa que los descorazonaba. La explicación de ese fenómeno es la que sigue.
Cuando incorporan a su dieta habitual una enorme cantidad de carbohidratos, lo hacen a expensas de disminuir -generalmente en forma muy fuerte- la provisión cotidiana de sustancias plásticas –proteínas y grasas– (de hecho, muchas veces directamente las excluyen de su dieta). No pueden acumular excesos de hidratos de carbono porque carecen, genéticamente, del tejido adiposo que se encarga de este vital trabajo, y, encima, como están carentes de aminoácidos y ácidos grasos esenciales, se los piden prestados a sus músculos, exactamente igual que como vimos en la Cuarta Hipótesis, por lo que lo único que consiguen es enflaquecer, y, obviamente, desmejorar aún más su aspecto.
A su momento veremos qué hacer ante estos casos.
Por supuesto que hay delgados genéticos que gracias a una muy buena contextura ósea y muscular (también heredada) poseen cuerpos envidiables. E, inclusive, algunos lo tienen más grueso de lo que quisieran.
Para hacer todo más inteligible, se me ha ocurrido que es interesante dividir a los cuatro tipos de delgados en cinco grupos, de acuerdo a su aspecto físico:
– Muy magros.
– Magros.
– Usuales (armónicos o esbeltos).
– Gruesos y
– Muy gruesos.
2.– Delgados instintivos:
Son los que, solo Dios sabe por qué, comen tan solo lo justo y suficiente de las substancias plásticas y energéticas que necesitan para vivir en salud, por lo que no teniendo oportunidad de acumular carbohidratos ya que consumen solo lo necesario, mantienen un cuerpo óptimo toda su vida.
3.– Delgados ocasionales (o transitorios):
Denomino así a aquellos que permanentemente realizan un gran consumo energético–metabólico mientras mantienen una cuota alimentaria adecuada a las demandas (grandes fumadores, deportistas de alta exigencia, trabajadores encargados de labores que requieren mucho esfuerzo físico, padecientes de determinadas enfermedades…).
Pero una vez que cambian sus condiciones, dejando de fumar, por ejemplo, o de hacer deportes, o sanando, siguen incorporando alimentos en las cantidades anteriores, por lo que ahora comienzan a ahorrar energía y engordan.
4.– Delgados culturales:
Son los menos, pero existen. Por causas religiosas, educacionales, costumbristas o personales, han hecho del acto de alimentarse tan solo otro simple acto más de los necesarios para vivir en pleno estado de armonía –o con la mayor que se pueda lograr–.
Después de muchos años descubrí que son los únicos que tienen derecho a ser sanamente envidiados.
Todas estas disquisiciones parecen intrascendentes. Al fin qué importa si todos creen que es la gordura la generadora de un sinfín de patologías si es lo que a los gordos, en general, les ocurre realmente.
Qué importa diferenciar si es la gordura en sí o son los alimentos que los gordos deben consumir para conseguirla o mantenerla.
Espero convencerlo de que el haber aclarado todo lo que ha leído en esta hipótesis es de gran importancia.
En general los delgados del primer tipo, los genéticos, a causa de todo lo erróneo que escuchan o leen sobre el origen de tantas patologías “asociadas a la gordura”, están totalmente convencidos de que están exentos de tanto riesgo.
Ha de conocer usted a un buen número de ellos que comen, casi en forma desafiante, una impresionante cantidad de pésimas cosas escudándose en la falsa pero tranquilizadora idea: —¡Si a mi no me engordan!
Todos los envidian (especialmente los gordos), pero al principio de este trabajo les comentaba que yo no entiendo por qué se los envidia.
Convencidos de que es la gordura, y no la mala alimentación la causante de todos los males asociados a ella, el que se mal alimente “porque no engorda”, aunque no engorde también está expuesto a las consecuencias de esa mala comida.
Pero peor: los gordos, aunque más no sea de vez en cuando, se someten a cuidados alimentarios a veces hasta por largos períodos (de los que han consumido anfetaminas ya hablaremos más adelante). Los “yocomodetodoporquenoengordo” no lo hacen nunca, y como generalmente se sienten bien (esas patologías comienzan a dar síntomas cuando llevan años de instaladas) ni siquiera concurren con alguna frecuencia a algún médico con el objeto de controlar su salud.
Y cuando sienten algo que los obliga a consultar...
Vamos, no es lo mismo llamar a los Bomberos cuando apenas se siente un leve, raro y desacostumbrado olor a humo, que cuando la mitad de la casa se encuentra en llamas.
Por eso les ruego, respetuosamente, a mis colegas que se dedican a la comunicación social de temas científicos dedicados a la gordura y la obesidad, que cambien sus discursos. Que adviertan que pretendiendo utilizar el orden por el terror para algunos, les están tapando las narices a muchos de los que se les está quemando la casa, por lo que no lo advertirán hasta que sufran el calor de las llamas.
En la sexta Hipótesis le comentaba que todo el mundo “sabe” que la gordura es la causa de un sinnúmero de padecimientos que se generan a partir de ella. Y en la Hipótesis pasada, que ese “conocimiento” es utilizado por muchos colegas para aterrorizar a sus pacientes gordos creyendo, cándidamente, que de esa forma, que con esa estratagema, se logrará más éxito que dejando todo en las exclusivas manos de “la fuerza de voluntad” de cada uno de sus consultantes.
Espero haberlo convencido de lo perjudicial que es para el espíritu del gordo esa actitud, cuando en la inmensa mayoría de las veces no se consigue más que transformarlo en un gordo muerto de miedo.
Pero lo peor de todo es que casi ninguna de las “terroríficas” consecuencias que se atribuyen a la gordura es cierta.
Exceptuando a los problemas estrictamente mecánicos, originados en el necesario sobreesfuerzo de transportar todo el tiempo el exceso de peso de la adiposis: problemas osteoarticulares (artrosis, deformaciones de los ejes fisiológicos en la estructura de los miembros inferiores y columna vertebral, fundamentalmente.); venosos (várices, insuficiencia de las venas profundas y hemorroides; todo por el agrandamiento patológico de los diámetros de las venas a causa de la dificultad que el acúmulo de grasas que se encuentra dentro de la cavidad abdominal crea al retorno venoso de la mitad inferior del cuerpo al presionar la vena cava inferior que es la que, al fin, colecta la sangre transportada por todas las venas de esa región y la vuelca al corazón, por lo que se entorpece la circulación de todo el sistema, con aumento subsecuente de la presión intravenosa y su final agrandamiento a causa de ese aumento de presión en forma constante.); o al simple hecho de llevar encima de sus costillas una capa exageradamente gruesa de grasa de depósito, lo que produce un fenómeno conocido como “apnea del sueño” (ataques pasajeros de insuficiencia de la regulación automática de la respiración mientras se duerme), o el llamado “síndrome de Pickwick” (somnolencia producida al estarse quieto y distraído a causa de la menor ventilación producida por una respiración automática entorpecida por el peso de la capa de grasa que se encuentra debajo de la piel que rodea la caja torácica, lo que disminuye el contenido de oxígeno en la sangre y el consecuente y pasajero deterioro de la función cerebral que regula la vigilia), todas las teorías que proponen una extensa lista de patologías asociadas a poseer una capa de tejido graso más voluminosa que lo habitual SON TEORÍAS INVÁLIDAS.
Todo el discurso que inculpa a las grasas extras de semejante lista de males, se debe a una errónea interpretación de los datos estadísticos, a una forma equivocada de interpretar la Evidencia.
No es real que TODAS las personas gordas sufran más frecuentemente de todo lo que a la gordura se atribuye (diabetes, dislipidemias, hipertensión...). En una población de gordos hay tan solo muy poco más diabéticos e hipertensos, por ejemplo, que en una de delgados. El aumento patológico de los valores de las grasas que circulan en la sangre se ven igual de alteradas en los primeros que en los segundos. Por eso, a ciencia cierta, nada tiene que ver en estos fenómenos el mayor o menor grosor del tejido graso de cada uno.
Aunque en realidad los gordos padecen un poco más de algunas cosas de ese tipo, no es por la gordura que portan, sino POR LOS ALIMENTOS QUE DEBEN CONSUMIR PARA PROCURARSE O MANTENER ESA GORDURA.
Este concepto es muy importante, aunque podría decirse de él que no es más que un razonamiento especulativo, pero ya se verá que no lo es para nada.
Todos, absolutamente todos los gordos lo están porque comen mal (invariablemente se alimentan mal -algunos muy mal-).
Muchos de los delgados lo son por varias razones, incluso porque algunos de ellos comen bien.
Para explicar mejor esto último digamos que hay, cuanto menos, cuatro tipos de delgados:
1.– Delgados genéticos:
Son aquellos que a causa de las intrincadas combinaciones de genes que les han dado origen, o a algún error en la combinación, tienen una incapacidad para acumular grasas de depósito. No importa cuán bien coman (y en general comen tan mal como los más gordos de los gordos), han nacido sin el protector tejido que puede acumular energía para utilizarla cuando su aporte exógeno escasee. Son, casi siempre, personas de aspecto lánguido, macilento. Generalmente ellos tienen tantos o más conflictos que los gordos en lo que se refiere a su estructura corporal, a su aspecto. Los gordos, al final, pudiesen tener un cuerpo armónico, y hasta esbelto (si su genética les es favorable), si se lo permitieran. Mas los delgados genéticos no pueden hacer absolutamente nada para lograrlo (si es que opinaran que la estética del cuerpo que Dios les ha dado no les gustase). Y cuando pretenden lograrlo, lo único que consiguen es empeorar la situación.
Una persona delgada pero de cuerpo muy magro, pretende solucionar su conflicto “engordando” (como dicen ellos). Para eso hacen todo lo contrario que los gordos que están en un plan de adelgazamiento: engullen cuanto carbohidrato se les pone enfrente (y si no los tienen van y los buscan). Están tan subyugado por la “científica idea” de que comiendo mucho se engorda, que ellos intentan realizar la experiencia para resolver su conflicto.
Pero se sienten defraudados, ya que cuanto más y peor comen, más flacos se ponen (cosa que los desconcierta –y desconcierta a la mayoría de mis colegas–).
A fines de los años setenta llegó a mis manos un librito que promocionaba una dieta que en esas épocas era famosa, por lo menos en todo occidente, La dieta médica Scarsdale. En el capítulo XIII, y en la página 148 de la edición en español, su autor contesta una supuesta pregunta que una paciente le había hecho alguna vez, sobre qué podía hacer ya que era “muy delgada” y quería “aumentar de peso”. La respuesta me consternó: el autor le comentaba que ese era el problema de unos cinco millones de estadounidenses por esos tiempos; que “no era de fácil solución para las personas que pesan poco y a las que no les importa la comida”. A continuación aconsejaba un plan de dos semanas de abundante alimentación como para “subir de cinco a siete kilos” (debo reconocer que luego advertía, cautelosamente, que ese plan no era para seguir toda la vida). Acto seguido, y después de aconsejarle sentarse a engullir no menos de tres descomunales comidas diarias, le daba una lista de los alimentos que debían formar parte de esas “panzadas”: alimentos con altísimas “calorías” (maíz en lugar de zanahorias –?–; frutas envasadas en almíbar; caramelos; tortas ; helados; —agregue crema y azúcar a los cereales— etc., etc., etc.).
Mi pobre colega Tarnower, no sé en base a qué evidencia, suponía que si una persona delgada magra (preocupada por su aspecto) comía lo que a los gordos engorda, engordaría (valga el juego de palabras).
Muchos de mis pacientes “flacos” que en todos estos años me consultaron con el objeto de “engordar”, me han contado experiencias parecidas con los médicos a los que previamente habían consultado. Curiosamente, y contrariando lo que aparentemente sería de sentido común, el resultado siempre había sido un empeoramiento de su condición, cosa que los descorazonaba. La explicación de ese fenómeno es la que sigue.
Cuando incorporan a su dieta habitual una enorme cantidad de carbohidratos, lo hacen a expensas de disminuir -generalmente en forma muy fuerte- la provisión cotidiana de sustancias plásticas –proteínas y grasas– (de hecho, muchas veces directamente las excluyen de su dieta). No pueden acumular excesos de hidratos de carbono porque carecen, genéticamente, del tejido adiposo que se encarga de este vital trabajo, y, encima, como están carentes de aminoácidos y ácidos grasos esenciales, se los piden prestados a sus músculos, exactamente igual que como vimos en la Cuarta Hipótesis, por lo que lo único que consiguen es enflaquecer, y, obviamente, desmejorar aún más su aspecto.
A su momento veremos qué hacer ante estos casos.
Por supuesto que hay delgados genéticos que gracias a una muy buena contextura ósea y muscular (también heredada) poseen cuerpos envidiables. E, inclusive, algunos lo tienen más grueso de lo que quisieran.
Para hacer todo más inteligible, se me ha ocurrido que es interesante dividir a los cuatro tipos de delgados en cinco grupos, de acuerdo a su aspecto físico:
– Muy magros.
– Magros.
– Usuales (armónicos o esbeltos).
– Gruesos y
– Muy gruesos.
2.– Delgados instintivos:
Son los que, solo Dios sabe por qué, comen tan solo lo justo y suficiente de las substancias plásticas y energéticas que necesitan para vivir en salud, por lo que no teniendo oportunidad de acumular carbohidratos ya que consumen solo lo necesario, mantienen un cuerpo óptimo toda su vida.
3.– Delgados ocasionales (o transitorios):
Denomino así a aquellos que permanentemente realizan un gran consumo energético–metabólico mientras mantienen una cuota alimentaria adecuada a las demandas (grandes fumadores, deportistas de alta exigencia, trabajadores encargados de labores que requieren mucho esfuerzo físico, padecientes de determinadas enfermedades…).
Pero una vez que cambian sus condiciones, dejando de fumar, por ejemplo, o de hacer deportes, o sanando, siguen incorporando alimentos en las cantidades anteriores, por lo que ahora comienzan a ahorrar energía y engordan.
4.– Delgados culturales:
Son los menos, pero existen. Por causas religiosas, educacionales, costumbristas o personales, han hecho del acto de alimentarse tan solo otro simple acto más de los necesarios para vivir en pleno estado de armonía –o con la mayor que se pueda lograr–.
Después de muchos años descubrí que son los únicos que tienen derecho a ser sanamente envidiados.
Todas estas disquisiciones parecen intrascendentes. Al fin qué importa si todos creen que es la gordura la generadora de un sinfín de patologías si es lo que a los gordos, en general, les ocurre realmente.
Qué importa diferenciar si es la gordura en sí o son los alimentos que los gordos deben consumir para conseguirla o mantenerla.
Espero convencerlo de que el haber aclarado todo lo que ha leído en esta hipótesis es de gran importancia.
En general los delgados del primer tipo, los genéticos, a causa de todo lo erróneo que escuchan o leen sobre el origen de tantas patologías “asociadas a la gordura”, están totalmente convencidos de que están exentos de tanto riesgo.
Ha de conocer usted a un buen número de ellos que comen, casi en forma desafiante, una impresionante cantidad de pésimas cosas escudándose en la falsa pero tranquilizadora idea: —¡Si a mi no me engordan!
Todos los envidian (especialmente los gordos), pero al principio de este trabajo les comentaba que yo no entiendo por qué se los envidia.
Convencidos de que es la gordura, y no la mala alimentación la causante de todos los males asociados a ella, el que se mal alimente “porque no engorda”, aunque no engorde también está expuesto a las consecuencias de esa mala comida.
Pero peor: los gordos, aunque más no sea de vez en cuando, se someten a cuidados alimentarios a veces hasta por largos períodos (de los que han consumido anfetaminas ya hablaremos más adelante). Los “yocomodetodoporquenoengordo” no lo hacen nunca, y como generalmente se sienten bien (esas patologías comienzan a dar síntomas cuando llevan años de instaladas) ni siquiera concurren con alguna frecuencia a algún médico con el objeto de controlar su salud.
Y cuando sienten algo que los obliga a consultar...
Vamos, no es lo mismo llamar a los Bomberos cuando apenas se siente un leve, raro y desacostumbrado olor a humo, que cuando la mitad de la casa se encuentra en llamas.
Por eso les ruego, respetuosamente, a mis colegas que se dedican a la comunicación social de temas científicos dedicados a la gordura y la obesidad, que cambien sus discursos. Que adviertan que pretendiendo utilizar el orden por el terror para algunos, les están tapando las narices a muchos de los que se les está quemando la casa, por lo que no lo advertirán hasta que sufran el calor de las llamas.
Novena Hipótesis: LA GORDURA EN LA NIÑEZ.
(En donde entenderá que la gordura en los niños es algo que merece toda la atención del mundo)
Muchos de los conflictos que sufrimos en todo el transcurrir de nuestra existencia tienen mayor o menor incidencia en nuestras almas de acuerdo al tiempo de vida en que debamos soportarlos. No es igual quedar huérfano a los cincuenta años, por ejemplo, que a los siete; como no lo es perder el empleo a los veinticinco que a los cuarenta y ocho.
La gordura no es un conflicto de excepción si nos referimos al tiempo en el que comience a desarrollarse. No es para nada lo mismo engordar a partir de los treinta que desde la más tierna infancia. Es más: creo que las diferencias en este aspecto son mucho mayores (y muchísimo más graves) que todos los demás conflictos usuales a los que deba uno enfrentarse.
Uno es niño los primeros doce años de su vida, adolescente los siguientes doce, pero adulto los sesenta, setenta o más restantes.
Y es en la adultez cuando se nos presentan los conflictos de suma importancia, de real valor. Es en la más larga etapa de nuestra existencia cuando debemos afrontar los problemas profesionales o laborales; la elección de quien será, es lo que anhelamos, nuestra pareja para siempre; el traer al mundo a nuestros hijos, criarlos y educarlos; el hacernos de una posición económica acorde a nuestras posibilidades, con la que nunca estaremos conformes pero a la que forzosamente tendremos que adecuarnos; el afrontar con profundo dolor la lógica y natural desaparición física de nuestros mayores. Es, indiscutiblemente, en este último y más prolongado periodo cuando tenemos que enfrentarnos a las circunstancias más trascendentales, a los conflictos más difíciles de resolver.
Desde que adquirimos el uso de la razón la vida nos enfrenta a pequeños “conflictos de entrenamiento”.
Las pequeñas dificultades de nuestra primera niñez nos van entrenando, gradualmente, para resolver las que a medida que pasa el tiempo se van sucediendo, haciéndose cada vez más complicadas.
El lápiz rojo que se nos perdió en el Jardín de Infantes nos hizo llorar amargamente a causa de la enorme angustia que nos produjo tan grande pérdida. Ahora, ya adultos, nos enternece y hasta nos da risa aquella “semejante preocupación”, pero en aquel momento el drama era considerado por nosotros como el más importante, el más conmovedor.
A medida que vamos creciendo nos consternan en igual o mayor grado situaciones realmente cada vez más importantes: la partida del gran amigo a vivir a otra ciudad; la muerte de nuestra mascota; el abandonar a nuestros queridos compañeros y maestros de la escuela primaria para insertarnos en el desconocido y lleno de incertidumbres mundo de los estudios secundarios. Nuestros primeros desengaños amorosos; las grandes angustias de los exámenes de fin de año; las amargas discusiones con nuestros “retrógrados y anticuados padres” que no entienden a la progresista juventud de la que somos “parte fundamental”. Los primeros ardores de la sexualidad; La Facultad o nuestra iniciación en el mundo laboral...
Voy a poner en esta novena Hipótesis todo el énfasis del que sea capaz.
DEBEMOS COMENZAR A ERRADICAR LA GORDURA EN LOS NIÑOS LO MAS TEMPRANO POSIBLE.
Y si la persona que nos preocupa ya ha dejado de ser niño, si es ya un adolescente, entonces tendremos que redoblar nuestros esfuerzos para impedir que lleguen a la adultez estando aún gordos.
Le ruego que lea lo que sigue con la mayor atención.
De boca de todos los médicos que hablan sobre este tema siempre he escuchado el concepto “la obesidad en la infancia”, o la adjetivación “niño obeso”.
Estoy y estaré siempre radicalmente en contra de esas expresiones. Es más, me subleva escucharlas.
Obeso, decíamos en el glosario de la primera Hipótesis, es quien utiliza su gordura como mecanismo de defensa psicológico.
Los niños, al no estar psicológicamente maduros, no están capacitados para usar un mecanismo tan estructurado como defensa.
Digámoslo de una vez:
Todos los niños que están gordos, sin importar el grado de su gordura, son “accidentales”.
Lo están porque quienes se encargan de su crianza les ofrecen, o no les prohíben, comer cosas que los engordan.
Mas no todos ellos engordan con la misma facilidad. Si le damos a un grupo de infantes la misma mala alimentación, algunos no engordarán, otros lo harán un poco y, finalmente, un reducido número engordará exageradamente.
Aún no sabemos el porqué de esas diferencias pero obviamente es la genética quien está implicada.
De todas maneras, si un chico tiene gran tendencia a engordar, la gordura no es el final obligado: si come bien no ha de desarrollarla.
En ellos la gordura también es un conflicto. Y, además, un conflicto que puede eclipsar a otros.
Se sienten discriminados, marginados. Sus compañeros se mofan de su condición en forma aparentemente cruel (digo aparentemente porque esa aparente crueldad no es la misma que la de los adultos. En su corta edad aún no han tenido el tiempo suficiente de aprender los límites de la urbanidad que sus educadores –padres, tutores, maestros– se empeñan en que adquieran).
El conflicto que les crea su condición diferente hace que se diluyan los de entrenamiento de que hablábamos más arriba. El sentimiento de minusvalía que les crea su gordura eclipsa a los pequeños, y a veces grandes (pero para ellos siempre graves) conflictos de preparación para las etapas que están por venir. Luego, no se entrenan para resolverlos y entran en etapas sucesivas de sus vidas con muy mala capacidad de adaptación a los conflictos del segundo tipo, que han de hacerse cada vez más importantes y trascendentes a medida que vayan creciendo.
Cuando se transforman en adolescentes sus conflictos se hacen, invariablemente, más complejos. Pero como no se han entrenado para resolverlos, transcurrir su adolescencia se les hace cada vez más difícil (a veces literalmente insufrible) por lo que no encuentran otra solución mejor que eclipsar los problemas que en ella enfrentan permaneciendo gordos o, peor, engordando aún más.
Es por eso que hace un rato le decía que si un niño ha entrado gordo a su adolescencia, debemos redoblar los esfuerzos para impedir que lleguen a su adultez escondidos detrás, o dentro, de ese eclipsante conflicto.
Hay un viejo acertijo que inquiere: ¿Hasta donde se puede entrar en un bosque?.
La respuesta es hasta la mitad. Después de traspasada la mitad ya se está saliendo del bosque.
El punto que limita la niñez con la adolescencia sería, para ese acertijo, la mitad del bosque. Cuando se lo traspasa, cada día que transcurre es un día menos para llegar a ser adultos, y un día menos en la preparación que permitirá sortear, con la menor dificultad posible, la más larga y embarazosa etapa no es poca cosa (en los más o menos treinta y cinco mil días que a cada uno nos tocan vivir uno solo parece no significar nada, pero cuánta gente ha cambiado su destino en un solo día, es más, a veces en tan solo un momento de un solo día). Es ésa la causa de la urgencia en “redoblar los esfuerzos en los adolescentes” para lograr que adelgacen lo más anticipadamente posible a su adultez. Para darles el tiempo suficiente a que se enfrenten, sin conflicto eclipsante, a las cada vez menos ocasiones de conflictos de entrenamiento que aún les quedan por resolver para llegar a los realmente trascendentales de su futura larga vida de adultos.
Son muchas las cosas que podemos hacer para que un niño adelgace. Pero son muchas más las que no debemos hacer.
Me parece más urgente y productivo que comencemos por las segundas.
Hace muchos años, la evidencia hizo que se me ocurriera una especie de sentencia que trato de inculcar a todos los allegados a mis pacientes gordos, a todos los que pueden hacer algo para que las cosas sean más fáciles en la empresa de intentar el adelgazamiento: “Nunca le digas a un gordo que está gordo, él ya lo sabe”.
En general ese tipo de comentarios se hace con el sano objetivo de ayudarles. Todos los que los aman tienen la intuitiva idea que enfrentándolos al problema, ellos se “darán cuenta” y comenzarán a hacer algo para mejorarlo.
Me siento con todo el derecho de hablar de esto porque en mis principios yo también hacía ese tipo de comentarios: “ —Usted está gordo... Tiene que adelgazar“.
Cuando era muy joven estaba convencido de que mi autoridad de médico me permitía la licencia de hacer ese tipo de recomendaciones. Al fin, ese tipo de consejo, pensaba, no era muy distinto que indicaciones como —Tome estos remedios— o —Haga lo que le prescribo.
Si ellos venían a mi consulta debían salir de ella con las instrucciones que mi buen sentido me dictara. Después de todo, acudían a pedirme ayuda para sanar o para mejorar ¿No?
Si me consultaban por algún mal en sus articulaciones, y estaban gordos:
—Está gordo, tiene que adelgazar...
Si lo hacían por su corazón, su hipertensión o su diabetes:
—Está gordo, tiene que adelgazar...
Más no estoy arrepentido de esa inexperta actitud, finalmente todos sabemos que se aprende más con los errores que con los aciertos. Y mucho más si se les agregan los años.
Cuando a un niño se lo hostiga por su gordura lo único que se consigue es reafirmar su inconsciente idea de permanecer en ella. Si le reforzamos su conflicto poniendo en evidencia el disgusto que nos crea, no estamos haciendo más que fortalecer su condición de “eclipse de problemas importantes que por algún motivo no pueden ser resueltos”.
Si le damos a conocer nuestra angustia por su gordura, él, inconscientemente por supuesto, comenzará a usarla para chantajearnos. Ante una negativa a cualquiera de sus pedidos, se verá ante la compulsiva necesidad de comer cosas que sabe que lo engordan para ponernos en falta: —Yo estoy gordo por tu culpa. Porque te negaste, porque no accediste a mis pedidos o a mis caprichos.
Primer consejo:
Jamás ha de hablarse de su gordura delante de él. Es más, debe prohibirse a todo el que se pueda tratar el tema en su presencia.
Segundo consejo:
La palabra “gordura”, sus sinónimos y las expresiones eufemísticas que se refieran a ella, deben ser desterradas definitivamente del vocabulario del hogar.
Tercer consejo (y este es, a mi juicio, el más importante):
NUNCA, JAMAS, LLEVE A SU NIÑO GORDO A UN MEDICO PARA QUE EL TRATE DE RESOLVER “EL PROBLEMA”.
Los niños asocian medico con enfermedad. Si se lo lleva a la consulta, sabiendo él que por ese motivo se lo lleva, se le está enviando un metamensaje erróneo: estás enfermo, y eso no es cierto. Por favor, que aprendan desde chicos que la gordura no es una enfermedad, eso evitará, nada menos, que en el futuro alguien los estafe con la supuesta excusa de “curarlos”. ¿Se da usted cabal cuenta de qué enorme cantidad de frustraciones podríamos evitarles?
Lo que se puede hacer en estos casos es que sus papás, o sus tutores, concurran al profesional elegido SIN QUE EL NIÑO LO SEPA, para que él les aconseje el modo de actuar.
Cuarto consejo:
Todos los padres, o encargados de crianza, se sienten culpables cuando su niño engorda. Pues deben desterrar de su mente ese inexacto, improductivo y torturante sentimiento. Todos le dan a sus hijos lo que a uno le han dado, o lo que no han podido consumir en su niñez por no importa qué motivo, por aquello de —A mi hijo no ha de faltarle de lo que yo carecí cuando tenía su edad.
Es muy noble, demuestra mucho amor, pero a muchos de ellos les hace mucho daño.
Quinto consejo:
Si algún día lo sorprende comiendo algo “groseramente engordante” no haga ningún tipo de comentario, ni siquiera el más mínimo gesto de disgusto o reprobación. Si lo hiciera, él comenzaría a comer ese tipo de cosas a escondidas, y si eso ocurre casi no hay ningún tipo de estrategia que dé resultados.
Analicemos a continuación las cosas que podemos hacer para ayudarlos (se verá que, desgraciadamente, ahora todo se torna mucho más difícil y complicado).
Sexto consejo:
Si estamos decididos a acudir en su auxilio, la primera condición es que él no se entere. Ni siquiera debe sospecharlo, por obvias razones de las que ya hablamos más arriba.
Séptimo consejo:
Lentamente, tomándose mucho tiempo (estoy hablando de “meses”), vaya dejando de ingresar en su hogar productos engordantes. La excusa de un trastorno económico –que todos padecemos en mayor o menor medida– siempre da muy buenos resultados. Aunque en realidad es verdaderamente antieconómico gastar dinero en comidas o bebidas que no tienen ningún valor alimenticio, pero sin pretender llegar al fanatismo: es divertido eventualmente consumir algo rico sin importar si es nutritivo o no, o si engorda o no. A lo que me refiero es a lo cotidiano. El “comer barato” es exactamente lo contrario, a la larga cuesta mucho dinero. Pero ya hablaremos de esto más in extenso en la hipótesis sobre mi propuesta alimentaria, más adelante.
Los niños aceptan y aprenden con extraordinaria facilidad el concepto de economía y el de racionalización de los gastos. Introdúzcalo poco a poco, muy lentamente, en el mundo de la correcta nutrición sin que él sepa que lo está haciendo; debe tener la idea de que no se lo está enseñando nadie más que la propia experiencia de vivir. Las “lecciones magistrales”, en estos temas, jamás dan resultados.
Por supuesto que el resto de la familia, aunque no exista en ella ningún otro gordo, deberá adaptarse a las nuevas conductas (por eso anoté unas líneas más arriba “difícil y complicado”).
Ultimo consejo:
Introduzca lo que sigue en su mente, en forma indeleble:
LA GORDURA EN LA NIÑEZ NO DEJA NINGUNA SECUELA ESTÉTICA.
NO HAY, ENTONCES, NINGUNA EXTREMA URGENCIA PARA QUE UN NIÑO ADELGACE.
Y SI HAY BASTANTE ACEPTABLE TIEMPO POR DELANTE ¿PARA QUE APURARSE MÁS DE LO DEBIDO?
El hecho de que deje de seguir engordando es un muy buen logro; y el de que poco a poco vaya “desengordando” es un extraordinario logro, pero ATENCIÓN: nunca se le ocurra ponerle de manifiesto que su figura “ahora está mejor”. Esa actitud es tan nefasta para él como la de recriminar su gordura. Usted pensará que un comentario de ese tipo puede llegar a estimularlo en sus logros, pero le aseguro que debido a los extraños mecanismos de nuestra psiquis el efecto siempre es el contrario. Casi cuarenta años de experiencia, de escuchar miles de historias, hacen que pueda asegurárselo.
“De este tema no se habla”, debe ser un lema que ha de cumplirse a rajatabla.
Muchos de los conflictos que sufrimos en todo el transcurrir de nuestra existencia tienen mayor o menor incidencia en nuestras almas de acuerdo al tiempo de vida en que debamos soportarlos. No es igual quedar huérfano a los cincuenta años, por ejemplo, que a los siete; como no lo es perder el empleo a los veinticinco que a los cuarenta y ocho.
La gordura no es un conflicto de excepción si nos referimos al tiempo en el que comience a desarrollarse. No es para nada lo mismo engordar a partir de los treinta que desde la más tierna infancia. Es más: creo que las diferencias en este aspecto son mucho mayores (y muchísimo más graves) que todos los demás conflictos usuales a los que deba uno enfrentarse.
Uno es niño los primeros doce años de su vida, adolescente los siguientes doce, pero adulto los sesenta, setenta o más restantes.
Y es en la adultez cuando se nos presentan los conflictos de suma importancia, de real valor. Es en la más larga etapa de nuestra existencia cuando debemos afrontar los problemas profesionales o laborales; la elección de quien será, es lo que anhelamos, nuestra pareja para siempre; el traer al mundo a nuestros hijos, criarlos y educarlos; el hacernos de una posición económica acorde a nuestras posibilidades, con la que nunca estaremos conformes pero a la que forzosamente tendremos que adecuarnos; el afrontar con profundo dolor la lógica y natural desaparición física de nuestros mayores. Es, indiscutiblemente, en este último y más prolongado periodo cuando tenemos que enfrentarnos a las circunstancias más trascendentales, a los conflictos más difíciles de resolver.
Desde que adquirimos el uso de la razón la vida nos enfrenta a pequeños “conflictos de entrenamiento”.
Las pequeñas dificultades de nuestra primera niñez nos van entrenando, gradualmente, para resolver las que a medida que pasa el tiempo se van sucediendo, haciéndose cada vez más complicadas.
El lápiz rojo que se nos perdió en el Jardín de Infantes nos hizo llorar amargamente a causa de la enorme angustia que nos produjo tan grande pérdida. Ahora, ya adultos, nos enternece y hasta nos da risa aquella “semejante preocupación”, pero en aquel momento el drama era considerado por nosotros como el más importante, el más conmovedor.
A medida que vamos creciendo nos consternan en igual o mayor grado situaciones realmente cada vez más importantes: la partida del gran amigo a vivir a otra ciudad; la muerte de nuestra mascota; el abandonar a nuestros queridos compañeros y maestros de la escuela primaria para insertarnos en el desconocido y lleno de incertidumbres mundo de los estudios secundarios. Nuestros primeros desengaños amorosos; las grandes angustias de los exámenes de fin de año; las amargas discusiones con nuestros “retrógrados y anticuados padres” que no entienden a la progresista juventud de la que somos “parte fundamental”. Los primeros ardores de la sexualidad; La Facultad o nuestra iniciación en el mundo laboral...
Voy a poner en esta novena Hipótesis todo el énfasis del que sea capaz.
DEBEMOS COMENZAR A ERRADICAR LA GORDURA EN LOS NIÑOS LO MAS TEMPRANO POSIBLE.
Y si la persona que nos preocupa ya ha dejado de ser niño, si es ya un adolescente, entonces tendremos que redoblar nuestros esfuerzos para impedir que lleguen a la adultez estando aún gordos.
Le ruego que lea lo que sigue con la mayor atención.
De boca de todos los médicos que hablan sobre este tema siempre he escuchado el concepto “la obesidad en la infancia”, o la adjetivación “niño obeso”.
Estoy y estaré siempre radicalmente en contra de esas expresiones. Es más, me subleva escucharlas.
Obeso, decíamos en el glosario de la primera Hipótesis, es quien utiliza su gordura como mecanismo de defensa psicológico.
Los niños, al no estar psicológicamente maduros, no están capacitados para usar un mecanismo tan estructurado como defensa.
Digámoslo de una vez:
Todos los niños que están gordos, sin importar el grado de su gordura, son “accidentales”.
Lo están porque quienes se encargan de su crianza les ofrecen, o no les prohíben, comer cosas que los engordan.
Mas no todos ellos engordan con la misma facilidad. Si le damos a un grupo de infantes la misma mala alimentación, algunos no engordarán, otros lo harán un poco y, finalmente, un reducido número engordará exageradamente.
Aún no sabemos el porqué de esas diferencias pero obviamente es la genética quien está implicada.
De todas maneras, si un chico tiene gran tendencia a engordar, la gordura no es el final obligado: si come bien no ha de desarrollarla.
En ellos la gordura también es un conflicto. Y, además, un conflicto que puede eclipsar a otros.
Se sienten discriminados, marginados. Sus compañeros se mofan de su condición en forma aparentemente cruel (digo aparentemente porque esa aparente crueldad no es la misma que la de los adultos. En su corta edad aún no han tenido el tiempo suficiente de aprender los límites de la urbanidad que sus educadores –padres, tutores, maestros– se empeñan en que adquieran).
El conflicto que les crea su condición diferente hace que se diluyan los de entrenamiento de que hablábamos más arriba. El sentimiento de minusvalía que les crea su gordura eclipsa a los pequeños, y a veces grandes (pero para ellos siempre graves) conflictos de preparación para las etapas que están por venir. Luego, no se entrenan para resolverlos y entran en etapas sucesivas de sus vidas con muy mala capacidad de adaptación a los conflictos del segundo tipo, que han de hacerse cada vez más importantes y trascendentes a medida que vayan creciendo.
Cuando se transforman en adolescentes sus conflictos se hacen, invariablemente, más complejos. Pero como no se han entrenado para resolverlos, transcurrir su adolescencia se les hace cada vez más difícil (a veces literalmente insufrible) por lo que no encuentran otra solución mejor que eclipsar los problemas que en ella enfrentan permaneciendo gordos o, peor, engordando aún más.
Es por eso que hace un rato le decía que si un niño ha entrado gordo a su adolescencia, debemos redoblar los esfuerzos para impedir que lleguen a su adultez escondidos detrás, o dentro, de ese eclipsante conflicto.
Hay un viejo acertijo que inquiere: ¿Hasta donde se puede entrar en un bosque?.
La respuesta es hasta la mitad. Después de traspasada la mitad ya se está saliendo del bosque.
El punto que limita la niñez con la adolescencia sería, para ese acertijo, la mitad del bosque. Cuando se lo traspasa, cada día que transcurre es un día menos para llegar a ser adultos, y un día menos en la preparación que permitirá sortear, con la menor dificultad posible, la más larga y embarazosa etapa no es poca cosa (en los más o menos treinta y cinco mil días que a cada uno nos tocan vivir uno solo parece no significar nada, pero cuánta gente ha cambiado su destino en un solo día, es más, a veces en tan solo un momento de un solo día). Es ésa la causa de la urgencia en “redoblar los esfuerzos en los adolescentes” para lograr que adelgacen lo más anticipadamente posible a su adultez. Para darles el tiempo suficiente a que se enfrenten, sin conflicto eclipsante, a las cada vez menos ocasiones de conflictos de entrenamiento que aún les quedan por resolver para llegar a los realmente trascendentales de su futura larga vida de adultos.
Son muchas las cosas que podemos hacer para que un niño adelgace. Pero son muchas más las que no debemos hacer.
Me parece más urgente y productivo que comencemos por las segundas.
Hace muchos años, la evidencia hizo que se me ocurriera una especie de sentencia que trato de inculcar a todos los allegados a mis pacientes gordos, a todos los que pueden hacer algo para que las cosas sean más fáciles en la empresa de intentar el adelgazamiento: “Nunca le digas a un gordo que está gordo, él ya lo sabe”.
En general ese tipo de comentarios se hace con el sano objetivo de ayudarles. Todos los que los aman tienen la intuitiva idea que enfrentándolos al problema, ellos se “darán cuenta” y comenzarán a hacer algo para mejorarlo.
Me siento con todo el derecho de hablar de esto porque en mis principios yo también hacía ese tipo de comentarios: “ —Usted está gordo... Tiene que adelgazar“.
Cuando era muy joven estaba convencido de que mi autoridad de médico me permitía la licencia de hacer ese tipo de recomendaciones. Al fin, ese tipo de consejo, pensaba, no era muy distinto que indicaciones como —Tome estos remedios— o —Haga lo que le prescribo.
Si ellos venían a mi consulta debían salir de ella con las instrucciones que mi buen sentido me dictara. Después de todo, acudían a pedirme ayuda para sanar o para mejorar ¿No?
Si me consultaban por algún mal en sus articulaciones, y estaban gordos:
—Está gordo, tiene que adelgazar...
Si lo hacían por su corazón, su hipertensión o su diabetes:
—Está gordo, tiene que adelgazar...
Más no estoy arrepentido de esa inexperta actitud, finalmente todos sabemos que se aprende más con los errores que con los aciertos. Y mucho más si se les agregan los años.
Cuando a un niño se lo hostiga por su gordura lo único que se consigue es reafirmar su inconsciente idea de permanecer en ella. Si le reforzamos su conflicto poniendo en evidencia el disgusto que nos crea, no estamos haciendo más que fortalecer su condición de “eclipse de problemas importantes que por algún motivo no pueden ser resueltos”.
Si le damos a conocer nuestra angustia por su gordura, él, inconscientemente por supuesto, comenzará a usarla para chantajearnos. Ante una negativa a cualquiera de sus pedidos, se verá ante la compulsiva necesidad de comer cosas que sabe que lo engordan para ponernos en falta: —Yo estoy gordo por tu culpa. Porque te negaste, porque no accediste a mis pedidos o a mis caprichos.
Primer consejo:
Jamás ha de hablarse de su gordura delante de él. Es más, debe prohibirse a todo el que se pueda tratar el tema en su presencia.
Segundo consejo:
La palabra “gordura”, sus sinónimos y las expresiones eufemísticas que se refieran a ella, deben ser desterradas definitivamente del vocabulario del hogar.
Tercer consejo (y este es, a mi juicio, el más importante):
NUNCA, JAMAS, LLEVE A SU NIÑO GORDO A UN MEDICO PARA QUE EL TRATE DE RESOLVER “EL PROBLEMA”.
Los niños asocian medico con enfermedad. Si se lo lleva a la consulta, sabiendo él que por ese motivo se lo lleva, se le está enviando un metamensaje erróneo: estás enfermo, y eso no es cierto. Por favor, que aprendan desde chicos que la gordura no es una enfermedad, eso evitará, nada menos, que en el futuro alguien los estafe con la supuesta excusa de “curarlos”. ¿Se da usted cabal cuenta de qué enorme cantidad de frustraciones podríamos evitarles?
Lo que se puede hacer en estos casos es que sus papás, o sus tutores, concurran al profesional elegido SIN QUE EL NIÑO LO SEPA, para que él les aconseje el modo de actuar.
Cuarto consejo:
Todos los padres, o encargados de crianza, se sienten culpables cuando su niño engorda. Pues deben desterrar de su mente ese inexacto, improductivo y torturante sentimiento. Todos le dan a sus hijos lo que a uno le han dado, o lo que no han podido consumir en su niñez por no importa qué motivo, por aquello de —A mi hijo no ha de faltarle de lo que yo carecí cuando tenía su edad.
Es muy noble, demuestra mucho amor, pero a muchos de ellos les hace mucho daño.
Quinto consejo:
Si algún día lo sorprende comiendo algo “groseramente engordante” no haga ningún tipo de comentario, ni siquiera el más mínimo gesto de disgusto o reprobación. Si lo hiciera, él comenzaría a comer ese tipo de cosas a escondidas, y si eso ocurre casi no hay ningún tipo de estrategia que dé resultados.
Analicemos a continuación las cosas que podemos hacer para ayudarlos (se verá que, desgraciadamente, ahora todo se torna mucho más difícil y complicado).
Sexto consejo:
Si estamos decididos a acudir en su auxilio, la primera condición es que él no se entere. Ni siquiera debe sospecharlo, por obvias razones de las que ya hablamos más arriba.
Séptimo consejo:
Lentamente, tomándose mucho tiempo (estoy hablando de “meses”), vaya dejando de ingresar en su hogar productos engordantes. La excusa de un trastorno económico –que todos padecemos en mayor o menor medida– siempre da muy buenos resultados. Aunque en realidad es verdaderamente antieconómico gastar dinero en comidas o bebidas que no tienen ningún valor alimenticio, pero sin pretender llegar al fanatismo: es divertido eventualmente consumir algo rico sin importar si es nutritivo o no, o si engorda o no. A lo que me refiero es a lo cotidiano. El “comer barato” es exactamente lo contrario, a la larga cuesta mucho dinero. Pero ya hablaremos de esto más in extenso en la hipótesis sobre mi propuesta alimentaria, más adelante.
Los niños aceptan y aprenden con extraordinaria facilidad el concepto de economía y el de racionalización de los gastos. Introdúzcalo poco a poco, muy lentamente, en el mundo de la correcta nutrición sin que él sepa que lo está haciendo; debe tener la idea de que no se lo está enseñando nadie más que la propia experiencia de vivir. Las “lecciones magistrales”, en estos temas, jamás dan resultados.
Por supuesto que el resto de la familia, aunque no exista en ella ningún otro gordo, deberá adaptarse a las nuevas conductas (por eso anoté unas líneas más arriba “difícil y complicado”).
Ultimo consejo:
Introduzca lo que sigue en su mente, en forma indeleble:
LA GORDURA EN LA NIÑEZ NO DEJA NINGUNA SECUELA ESTÉTICA.
NO HAY, ENTONCES, NINGUNA EXTREMA URGENCIA PARA QUE UN NIÑO ADELGACE.
Y SI HAY BASTANTE ACEPTABLE TIEMPO POR DELANTE ¿PARA QUE APURARSE MÁS DE LO DEBIDO?
El hecho de que deje de seguir engordando es un muy buen logro; y el de que poco a poco vaya “desengordando” es un extraordinario logro, pero ATENCIÓN: nunca se le ocurra ponerle de manifiesto que su figura “ahora está mejor”. Esa actitud es tan nefasta para él como la de recriminar su gordura. Usted pensará que un comentario de ese tipo puede llegar a estimularlo en sus logros, pero le aseguro que debido a los extraños mecanismos de nuestra psiquis el efecto siempre es el contrario. Casi cuarenta años de experiencia, de escuchar miles de historias, hacen que pueda asegurárselo.
“De este tema no se habla”, debe ser un lema que ha de cumplirse a rajatabla.
Décima Hipótesis: LA GORDURA EN LA ADOLESCENCIA.
(Los niños padecen un conflicto: creen que la niñez dura para siempre.
Los adolescentes padecen un conflicto: creen que la adolescencia dura para siempre.
Los adultos padecemos un gravísimo conflicto: creemos que siempre fuimos adultos)
He notado que para muchos de mis colegas la palabra gordo es poco elegante, y si vamos al origen etimológico de ella, tienen razón.
Ese ha de ser otro de los motivos por el que casi invariablemente utilizan como su sinónimo obeso, que como ya hemos visto tiene una historia gramatical para nada peyorativa.
Ocurre con estos términos exactamente lo mismo que con las palabras viejo y anciano. Es más elegante anotar en un tratado, en cualquier publicación que hable de la gente mayor, el vocablo anciano pero, curiosamente, viejo, que es palabra más basta, tiene en el fondo un sentimiento de cariño, de amor, de intimidad. Así nos referimos a nuestros padres (aunque sean muy jóvenes). Así llamamos afectuosamente a nuestros abuelos. Usan esa palabra, o algún diminutivo, para llamarse con amor entre sí los esposos o los amigos, sin importar las edades.
Pero el adjetivo “anciano”, a pesar de ser más elegante y refinado, de tener un aparente significado de gran respeto, a sus destinatarios les suena extremadamente hiriente. Pregúntesele a cualquiera de ellos cómo les cae el que se los denomine así y se verá que tengo razón (muchas veces anciano es utilizado también como el superlativo de viejo).
Igualmente, la palabra gordo es más coloquial y también está por todo el mundo asociada al trato afectuoso. Es muy usual que amigos, parientes, novios o esposos se nombren así unos a otros aunque el cuerpo de ninguno ni siquiera muestre la menor apariencia de gordura. Es decididamente una palabra de uso íntimo, igual que “viejo.
Obeso, igual que anciano, tiene una connotación altamente ofensiva.
Para la ciencia y por ende para la cultura popular, ya lo hemos visto, obesidad generalmente es el superlativo de gordura, por lo que si en estos tiempos es malo estar gordo “ser” obeso es peor.
Cuántas veces he escuchado en mis consultas comentarios como éste:
—¡Qué voy a estar gordo!.. ¡¡¡Soy OBESO!!!
Realmente me disgusta mucho esa especie de autoflagelación, pero los entiendo. Se sienten tan culpables de haber llegado a estar gordos que declararse, denominarse —¡¡¡OBESO!!!— es una especie de autocastigo por el “error cometido”.
Es por eso que de la boca de mis pacientes añosos (recuerde que soy Geriatra) jamás, ahora que lo pienso, he escuchado:
—¡Qué voy a estar viejo!.. ¡¡¡Soy ANCIANO!!!
Claro, simple, comprensible: no sienten ninguna culpa por haber vivido mucho. Por eso es más ofensivo para ellos “anciano” que para los muy gordos “obeso”. Los gordos a quienes se los llama así han de pensar, resignadamente: —¡Me lo merezco!
Por todo lo que ha leído desde el Prólogo hasta aquí, creo que si tiene usted algún sentimiento de culpa por su gordura, éste ha de estar diluyéndose. Cuando llegue al fin del libro, tengo fe, estoy seguro, habrá desaparecido.
Es lo que anhelo.
Así como le contaba en la hipótesis anterior que estoy en contra de adjetivar a los niños gordos, aún a los extremadamente gordos, como “obesos” –espero haberlo convencido de por qué tengo razón de oponerme al uso de ese término–, me ocurre lo mismo con los adolescentes que tienen ese problema, pero esta vez no estoy radicalmente en contra. El adolescente tiene ya mejor estructurada su psiquis como para utilizar algún mecanismo de defensa (la gordura, por ejemplo), con algo más de efectividad que los niños.
Aparte, los adolescentes, especialmente los que están en la segunda mitad de esa maravillosa etapa de la vida, tienen legítima capacidad de decisión para muchas cosas: comer lo que quieran, podría ser una, sin necesidad de que nadie les ofrezca o sin siquiera pensar que algún mayor podría prohibírselo. Cuando uno tiene esas edades ya ha ganado mucha libertad. Sigue siendo un subordinado en muchos aspectos, pero ya se siente auténticamente libre para un sinnúmero de otros. Comer lo que se le antoje es uno de ellos, como hemos visto.
Para casi todos, la palabra “adolescente” es un derivado de adolecer. Pero eso no es más que el resultado de una trampa del idioma.
Adoleciente y adolescente son parónimos, pero tan solo de forma y sonido, no tienen nada que ver desde el punto de vista etimológico.
Adoleciente es el que sufre una dolencia, palabra que, lógicamente, deriva de doler, que proviene del latín ‘dolére’.
Adolescente es quien transcurre la adolescencia. Literalmente: etapa de la vida que sucede a la niñez y termina cuando el cuerpo llega al fin de su desarrollo.
La palabra aparece por primera vez a principios de la Edad Moderna, y fue tomada del latín ‘adolescens’ : hombre joven, que está creciendo, participio activo de ‘adolescére’: crecer.
Pero es cierto que los adolescentes adolecen de muchas cosas: crisis de identidad; falta de experiencia de vida; desorden en la fijación de los límites que les impiden vivir en forma totalmente satisfactoria su gregariedad; inmadurez psíquica... Y de muchas cosas más, que les duelen pero que se irán resolviendo con el tiempo, con el transcurrir de los años. Aquel chascarrillo: “La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo” siempre me ha parecido de lo más ingenioso. Todos la hemos padecido , y todos nos lamentamos de habernos curado.
A pesar de todo, adolescente no es más que un parónimo de adoleciente.
Es, casualmente, su forzosa inmadurez psíquica la que impide tipificarlos de obesos, aún estando muy gordos. A pesar de que su ya interesante desarrollo psicológico les permita utilizar su gordura, aunque tibiamente, como un endeble mecanismo de defensa.
Propongo que, en el último de los casos, los llamemos preobesos (simplemente porque son preadultos).
Los adolescentes pueden estar gordos desde su infancia o haber adquirido su gordura en el transcurso de la adolescencia.
Si llegan al comienzo de ella delgados, habiendo transcurrido toda su infancia o mucho tiempo de la última parte de su niñez en esa condición, y es en esa segunda etapa de la vida cuando comienzan a engordar, tenemos que actuar rápidamente ni bien notemos los primeros cambios, en ese sentido, de su estructura corporal.
Por definición, si estuvieron delgados hasta hace poco tiempo, su nueva gordura se debe, por lo menos eso ocurre en la mayoría de ellos, a los cambios en su actividad física, en sus hábitos alimentarios, o en ambos. Por lo tanto no son más que gordos accidentales. Y ellos, los gordos accidentales son, siempre, 100 % recuperables con solo reeducación alimentaria.
El comenzar los estudios secundarios, que ahora les insumirán mucho más tiempo que el que les demandaba el colegio primario, quizá los obligue a abandonar los deportes o a disminuir en forma muy importante el tiempo que dedicaban a su práctica. El menor consumo de energía de este cambio tan brusco de actividades muy pocas veces se acompaña de una disminución acorde de la ingesta de alimentos energéticos (carbohidratos). En general siguen manteniendo la misma cuota diaria que antes, por eso ahora, ya lo conversamos, si tienen mayor tendencia a acumular reservas (cosa que le recalco, es fisiológica y normal) comenzarán a aumentar el grosor de su tejido graso.
El forzoso cambio de su cotidiano estilo de alimentación: alteración de los acostumbrados ritmos de comidas con una obligada modificación en la calidad de ellos, debido a los cambios de horarios o a la necesidad de comer ahora, por ejemplo, todos los mediodías fuera de casa, son una frecuente causa del desbalance. Si llegaron hasta aquí siendo delgados es porque, obviamente, su consumo de nutrientes estaba bien balanceado. Y cada vez que se cambia la combinación de los alimentos cotidianos la tendencia hace que se inclinen hacia los que contienen una mayor cantidad de hidratos de carbono: porque son más baratos, se ingieren sin la necesidad de sentarse a una mesa y en cualquier momento, y son, todos lo sabemos, muy apetitosos, y muchísimo más fáciles de conseguir en cualquier lugar.
Creo que éste es el momento de aclarar una confusión universal: comer no es lo mismo que alimentarse. Comer es ingerir cualquier cosa que nos permita sentirnos saciados; aquí, es muy importante aclararlo, no importa si la necesidad surge del hambre o del apetito. Alimentarse es incorporar los elementos químicos, plásticos y energéticos que necesitamos para vivir en salud (esta necesidad solo se manifiesta con la sensación de hambre. Aunque, debo reconocerlo, a veces es muy difícil discernir si lo que sentimos es hambre o tan solo apetito).
Otro factor a tener en cuenta en estos casos es muy importante: los chicos entran en la adolescencia al mismo tiempo que lo hacen, con decisiones propias, en el mercado de consumo.
Cuando niños, dependen de las decisiones de los encargados de su crianza para obtener el permiso de consumir servicios, elementos de uso, vestimenta y alimentos.
Ahora, ya más liberados, han adquirido la facultad de decidir por sus propios medios la posibilidad de obtener casi cualquiera de esos elementos, y es en el rubro alimentación en donde esa facultad puede desarrollarse más plenamente.
Los usos y tendencias en esa rama del mercado se ven muy influenciados en los jóvenes (muchísimo más que en los adultos) por los mensajes publicitarios muy inteligentemente planificados que los tienen como los destinatarios principales de su consumo.
Los refrescos con grandes cantidades de azúcar, las comidas rápidas y la inmensa cantidad de golosinas que vemos publicitadas por todos los medios (fundamentalmente en la televisión o en Internet, a la que la mayoría de ellos son adictos) les va creando la idea de que el consumo de todas esas cosas es una actitud progresista, por lo que se sienten casi obligados a consumirlas. Y como realmente todas son muy agradables al paladar, se aficionan a ellas rápida y persistentemente.
El último de los factores, seguramente el más trágico, es el que la vida los obligue a enfrentarse a circunstancias altamente traumatizantes.
Muchas veces sus destinos les ponen por delante, en una época en donde la lógica dice que todo ha de ser dicha y felicidad, situaciones extremadamente dolorosas, todos conflictos del segundo tipo que los obligan, a pesar de su aún no madura psiquis, a “embrollarse” en un conflicto que las eclipse.
Es en estos desgraciados momentos cuando se vuelcan al alcohol, o a la droga, a la “anorexia”, a la emetomanía (más adelante le explicaré a qué me refiero con este término, y por qué encomillé la palabra anorexia)... O a la gordura.
Es en estos extremos cuando precisan una ayuda altamente especializada. Ya no estamos hablando de “una urgencia”, ahora estamos ante una urgencia mayor, una emergencia.
Desgraciadamente, el entorno, que ha sido el promotor (activa o pasivamente) de semejantes dramas, generalmente no está en las mejores condiciones de prestar esa ayuda, ni siquiera la de aconsejarles acudir a alguien especializado que pueda ayudarlos.
Perdóneseme la crudeza, pero en mucho de estos casos la única opción que queda es rezar por ellos.
Si están gordos desde su infancia “tenemos que redoblar los esfuerzos”, decíamos en la novena Hipótesis, porque han entrado en la segunda etapa de su existencia sin el entrenamiento necesario como para resolver conflictos forzosamente cada vez más importantes.
La gordura es para ellos un conflicto de gran trascendencia, entonces se encuentran literalmente inermes para atacarlo o para defenderse de él sin el entrenamiento previo.
Tenemos que ayudarlos a que lo resuelvan. Pero nuestra ayuda deberá ser inteligente, pensada, planificada.
No es cuestión, simplemente, de llevarlos (o aconsejarlos que consulten) a un médico especializado en estos trastornos.
La colaboración debe ser total (y aquí también cuando digo total, debe leerse total).
Siempre les comento a mis pacientes que si en una familia hay un solo componente que está gordo, la familia está gorda. Todos sus integrantes deben trabajar para resolver lo que en una familia bien constituida ha de ser un problema en común.
Están todos obligados a colaborar para resolver el problema de un miembro de ella (esta actitud debiera extenderse a todos los conflictos, no solamente al de la gordura).
Esto permitirá que una “familia gorda” se transforme en una “familia delgada”, con lo que se lograría un conflicto menos (y en estas épocas, un conflicto menos no es poca cosa).
Muchísimas veces, existen conflictos comunes a toda la familia, y el adolescente gordo no es más que el emergente del grupo; su conflicto eclipsante significa uno tan importante que sirve para diluir los otros, comunes a todos los componentes de ella, y es muy frecuente que no sea él el único, que haya más de uno con su mismo problema.
El abordaje, en estos casos, es prácticamente imposible. No existe estrategia a poner en práctica, por lo menos en cientos de casos no he encontrado ninguna, y le aseguro, estimado lector, que he ensayado todas las que pude imaginar (que, seguramente, no han de ser más que una pequeña parte de todas las que pudieran ser imaginadas).
Como ya conversamos, en los adolescentes gordos que lo están desde su niñez el tiempo urge. La urgencia se debe a que es en la adolescencia cuando el tiempo pasa más rápido; cuando la adultez está al alcance de la mano. Tengamos presente que muchos de ellos deben “hacerse adultos”, por desgraciadas circunstancias, mucho antes de lo que el tiempo cronológico marca... Y uno nunca sabe...
Debemos, por todos los medios, tratar que vivan la mayor parte de ella sin su “conflicto eclipsante”. Tenemos que lograr que se enfrenten a la mayor cantidad posible de “conflictos de entrenamiento” necesarios –pero nunca suficientes– como para que puedan luego resolver con felicidad los más importantes que han de sobrevenir en su futura larga, y siempre complicada, vida de adultos.
Más atrás le aconsejaba: “Nunca le digas a un gordo que lo está, él ya lo sabe”, pero esta no debe ser una actitud absoluta.
La gordura, las más de las veces, se va desarrollando tan lentamente que su portador no nota los cambios.
Es como el crecimiento. Es tan paulatino que uno no se da cuenta de que está creciendo. Es por eso que cuando nos visitaba una tía a la que hacía ocho meses que no veíamos y mostraba su asombro por nuestro cambio con un —¡Qué alto estás!— esta opinión nos desconcertaba: —Si estoy tan alto como ayer… y ayer lo estaba como antes de ayer… ¡Esta tía está loca!
No nos habíamos dado cuenta, pero en esos ocho meses habíamos crecido tanto como para que nuestra tía lo notara.
Nadie se levanta a la mañana y advierte que está más gordo que anoche. Engordar es un proceso lento, y por lento: imperceptible.
Así como todos “crecemos sin darnos cuenta”, la mayoría de las veces se engorda sin percibirlo. Por eso creo que es lícito y de buen sentido que los padres, o la gente más emocionalmente allegada, en una charla seria, reposada, tranquila, pacífica, en un momento de paz, adecuado al coloquio y a la reflexión, deben, dulcemente, sin ningún tipo de apasionamiento, advertir al joven gordo sobre su condición.
Pueden ocurrir muchas cosas en una conversación de ese tipo, desde que surja que en él existen importantes conflictos ocultos, hasta, simplemente, una cuestión de lo más simple: que ha engordado porque le encanta consumir cosas que engordan (¿Y a quién no?), y siempre se lo han permitido. Mas luego de esa apacible y esclarecedora charla, en donde quizá afloraron conflictos de los que uno ni siquiera tenía sospechas, no debe tocarse el tema por mucho tiempo (vuelvo aquí a hablar de meses, de muchos meses).
Creo que no sería mala idea recomendarle que lea todo lo escrito en este trabajo. Yo, personalmente, le aconsejaría comenzar con la sexta Hipótesis, quizá eso le despierte curiosidad por enterarse del resto. Y si lo hace, si lo lee de prólogo a epílogo, descubrirá que “adelgazar”, desde el estricto punto de vista nutricional, no tiene nada que ver con las hambrunas de las que ha escuchado (o que, quizá, alguna vez haya sufrido); de los retrocesos y frustraciones que ha observado en si mismo, o entre sus amigos y conocidos gordos que han intentado alguna vez “morirse de hambre” con dietas fuertemente carenciadas, o peor: se transformaron en “otras personas” por el consumo de anfetaminas que les recetaron los pseudohomeópatas, o algún que otro alópata, a los que consultaron con la esperanza de “curar su enfermedad”.
Los adolescentes padecen un conflicto: creen que la adolescencia dura para siempre.
Los adultos padecemos un gravísimo conflicto: creemos que siempre fuimos adultos)
He notado que para muchos de mis colegas la palabra gordo es poco elegante, y si vamos al origen etimológico de ella, tienen razón.
Ese ha de ser otro de los motivos por el que casi invariablemente utilizan como su sinónimo obeso, que como ya hemos visto tiene una historia gramatical para nada peyorativa.
Ocurre con estos términos exactamente lo mismo que con las palabras viejo y anciano. Es más elegante anotar en un tratado, en cualquier publicación que hable de la gente mayor, el vocablo anciano pero, curiosamente, viejo, que es palabra más basta, tiene en el fondo un sentimiento de cariño, de amor, de intimidad. Así nos referimos a nuestros padres (aunque sean muy jóvenes). Así llamamos afectuosamente a nuestros abuelos. Usan esa palabra, o algún diminutivo, para llamarse con amor entre sí los esposos o los amigos, sin importar las edades.
Pero el adjetivo “anciano”, a pesar de ser más elegante y refinado, de tener un aparente significado de gran respeto, a sus destinatarios les suena extremadamente hiriente. Pregúntesele a cualquiera de ellos cómo les cae el que se los denomine así y se verá que tengo razón (muchas veces anciano es utilizado también como el superlativo de viejo).
Igualmente, la palabra gordo es más coloquial y también está por todo el mundo asociada al trato afectuoso. Es muy usual que amigos, parientes, novios o esposos se nombren así unos a otros aunque el cuerpo de ninguno ni siquiera muestre la menor apariencia de gordura. Es decididamente una palabra de uso íntimo, igual que “viejo.
Obeso, igual que anciano, tiene una connotación altamente ofensiva.
Para la ciencia y por ende para la cultura popular, ya lo hemos visto, obesidad generalmente es el superlativo de gordura, por lo que si en estos tiempos es malo estar gordo “ser” obeso es peor.
Cuántas veces he escuchado en mis consultas comentarios como éste:
—¡Qué voy a estar gordo!.. ¡¡¡Soy OBESO!!!
Realmente me disgusta mucho esa especie de autoflagelación, pero los entiendo. Se sienten tan culpables de haber llegado a estar gordos que declararse, denominarse —¡¡¡OBESO!!!— es una especie de autocastigo por el “error cometido”.
Es por eso que de la boca de mis pacientes añosos (recuerde que soy Geriatra) jamás, ahora que lo pienso, he escuchado:
—¡Qué voy a estar viejo!.. ¡¡¡Soy ANCIANO!!!
Claro, simple, comprensible: no sienten ninguna culpa por haber vivido mucho. Por eso es más ofensivo para ellos “anciano” que para los muy gordos “obeso”. Los gordos a quienes se los llama así han de pensar, resignadamente: —¡Me lo merezco!
Por todo lo que ha leído desde el Prólogo hasta aquí, creo que si tiene usted algún sentimiento de culpa por su gordura, éste ha de estar diluyéndose. Cuando llegue al fin del libro, tengo fe, estoy seguro, habrá desaparecido.
Es lo que anhelo.
Así como le contaba en la hipótesis anterior que estoy en contra de adjetivar a los niños gordos, aún a los extremadamente gordos, como “obesos” –espero haberlo convencido de por qué tengo razón de oponerme al uso de ese término–, me ocurre lo mismo con los adolescentes que tienen ese problema, pero esta vez no estoy radicalmente en contra. El adolescente tiene ya mejor estructurada su psiquis como para utilizar algún mecanismo de defensa (la gordura, por ejemplo), con algo más de efectividad que los niños.
Aparte, los adolescentes, especialmente los que están en la segunda mitad de esa maravillosa etapa de la vida, tienen legítima capacidad de decisión para muchas cosas: comer lo que quieran, podría ser una, sin necesidad de que nadie les ofrezca o sin siquiera pensar que algún mayor podría prohibírselo. Cuando uno tiene esas edades ya ha ganado mucha libertad. Sigue siendo un subordinado en muchos aspectos, pero ya se siente auténticamente libre para un sinnúmero de otros. Comer lo que se le antoje es uno de ellos, como hemos visto.
Para casi todos, la palabra “adolescente” es un derivado de adolecer. Pero eso no es más que el resultado de una trampa del idioma.
Adoleciente y adolescente son parónimos, pero tan solo de forma y sonido, no tienen nada que ver desde el punto de vista etimológico.
Adoleciente es el que sufre una dolencia, palabra que, lógicamente, deriva de doler, que proviene del latín ‘dolére’.
Adolescente es quien transcurre la adolescencia. Literalmente: etapa de la vida que sucede a la niñez y termina cuando el cuerpo llega al fin de su desarrollo.
La palabra aparece por primera vez a principios de la Edad Moderna, y fue tomada del latín ‘adolescens’ : hombre joven, que está creciendo, participio activo de ‘adolescére’: crecer.
Pero es cierto que los adolescentes adolecen de muchas cosas: crisis de identidad; falta de experiencia de vida; desorden en la fijación de los límites que les impiden vivir en forma totalmente satisfactoria su gregariedad; inmadurez psíquica... Y de muchas cosas más, que les duelen pero que se irán resolviendo con el tiempo, con el transcurrir de los años. Aquel chascarrillo: “La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo” siempre me ha parecido de lo más ingenioso. Todos la hemos padecido , y todos nos lamentamos de habernos curado.
A pesar de todo, adolescente no es más que un parónimo de adoleciente.
Es, casualmente, su forzosa inmadurez psíquica la que impide tipificarlos de obesos, aún estando muy gordos. A pesar de que su ya interesante desarrollo psicológico les permita utilizar su gordura, aunque tibiamente, como un endeble mecanismo de defensa.
Propongo que, en el último de los casos, los llamemos preobesos (simplemente porque son preadultos).
Los adolescentes pueden estar gordos desde su infancia o haber adquirido su gordura en el transcurso de la adolescencia.
Si llegan al comienzo de ella delgados, habiendo transcurrido toda su infancia o mucho tiempo de la última parte de su niñez en esa condición, y es en esa segunda etapa de la vida cuando comienzan a engordar, tenemos que actuar rápidamente ni bien notemos los primeros cambios, en ese sentido, de su estructura corporal.
Por definición, si estuvieron delgados hasta hace poco tiempo, su nueva gordura se debe, por lo menos eso ocurre en la mayoría de ellos, a los cambios en su actividad física, en sus hábitos alimentarios, o en ambos. Por lo tanto no son más que gordos accidentales. Y ellos, los gordos accidentales son, siempre, 100 % recuperables con solo reeducación alimentaria.
El comenzar los estudios secundarios, que ahora les insumirán mucho más tiempo que el que les demandaba el colegio primario, quizá los obligue a abandonar los deportes o a disminuir en forma muy importante el tiempo que dedicaban a su práctica. El menor consumo de energía de este cambio tan brusco de actividades muy pocas veces se acompaña de una disminución acorde de la ingesta de alimentos energéticos (carbohidratos). En general siguen manteniendo la misma cuota diaria que antes, por eso ahora, ya lo conversamos, si tienen mayor tendencia a acumular reservas (cosa que le recalco, es fisiológica y normal) comenzarán a aumentar el grosor de su tejido graso.
El forzoso cambio de su cotidiano estilo de alimentación: alteración de los acostumbrados ritmos de comidas con una obligada modificación en la calidad de ellos, debido a los cambios de horarios o a la necesidad de comer ahora, por ejemplo, todos los mediodías fuera de casa, son una frecuente causa del desbalance. Si llegaron hasta aquí siendo delgados es porque, obviamente, su consumo de nutrientes estaba bien balanceado. Y cada vez que se cambia la combinación de los alimentos cotidianos la tendencia hace que se inclinen hacia los que contienen una mayor cantidad de hidratos de carbono: porque son más baratos, se ingieren sin la necesidad de sentarse a una mesa y en cualquier momento, y son, todos lo sabemos, muy apetitosos, y muchísimo más fáciles de conseguir en cualquier lugar.
Creo que éste es el momento de aclarar una confusión universal: comer no es lo mismo que alimentarse. Comer es ingerir cualquier cosa que nos permita sentirnos saciados; aquí, es muy importante aclararlo, no importa si la necesidad surge del hambre o del apetito. Alimentarse es incorporar los elementos químicos, plásticos y energéticos que necesitamos para vivir en salud (esta necesidad solo se manifiesta con la sensación de hambre. Aunque, debo reconocerlo, a veces es muy difícil discernir si lo que sentimos es hambre o tan solo apetito).
Otro factor a tener en cuenta en estos casos es muy importante: los chicos entran en la adolescencia al mismo tiempo que lo hacen, con decisiones propias, en el mercado de consumo.
Cuando niños, dependen de las decisiones de los encargados de su crianza para obtener el permiso de consumir servicios, elementos de uso, vestimenta y alimentos.
Ahora, ya más liberados, han adquirido la facultad de decidir por sus propios medios la posibilidad de obtener casi cualquiera de esos elementos, y es en el rubro alimentación en donde esa facultad puede desarrollarse más plenamente.
Los usos y tendencias en esa rama del mercado se ven muy influenciados en los jóvenes (muchísimo más que en los adultos) por los mensajes publicitarios muy inteligentemente planificados que los tienen como los destinatarios principales de su consumo.
Los refrescos con grandes cantidades de azúcar, las comidas rápidas y la inmensa cantidad de golosinas que vemos publicitadas por todos los medios (fundamentalmente en la televisión o en Internet, a la que la mayoría de ellos son adictos) les va creando la idea de que el consumo de todas esas cosas es una actitud progresista, por lo que se sienten casi obligados a consumirlas. Y como realmente todas son muy agradables al paladar, se aficionan a ellas rápida y persistentemente.
El último de los factores, seguramente el más trágico, es el que la vida los obligue a enfrentarse a circunstancias altamente traumatizantes.
Muchas veces sus destinos les ponen por delante, en una época en donde la lógica dice que todo ha de ser dicha y felicidad, situaciones extremadamente dolorosas, todos conflictos del segundo tipo que los obligan, a pesar de su aún no madura psiquis, a “embrollarse” en un conflicto que las eclipse.
Es en estos desgraciados momentos cuando se vuelcan al alcohol, o a la droga, a la “anorexia”, a la emetomanía (más adelante le explicaré a qué me refiero con este término, y por qué encomillé la palabra anorexia)... O a la gordura.
Es en estos extremos cuando precisan una ayuda altamente especializada. Ya no estamos hablando de “una urgencia”, ahora estamos ante una urgencia mayor, una emergencia.
Desgraciadamente, el entorno, que ha sido el promotor (activa o pasivamente) de semejantes dramas, generalmente no está en las mejores condiciones de prestar esa ayuda, ni siquiera la de aconsejarles acudir a alguien especializado que pueda ayudarlos.
Perdóneseme la crudeza, pero en mucho de estos casos la única opción que queda es rezar por ellos.
Si están gordos desde su infancia “tenemos que redoblar los esfuerzos”, decíamos en la novena Hipótesis, porque han entrado en la segunda etapa de su existencia sin el entrenamiento necesario como para resolver conflictos forzosamente cada vez más importantes.
La gordura es para ellos un conflicto de gran trascendencia, entonces se encuentran literalmente inermes para atacarlo o para defenderse de él sin el entrenamiento previo.
Tenemos que ayudarlos a que lo resuelvan. Pero nuestra ayuda deberá ser inteligente, pensada, planificada.
No es cuestión, simplemente, de llevarlos (o aconsejarlos que consulten) a un médico especializado en estos trastornos.
La colaboración debe ser total (y aquí también cuando digo total, debe leerse total).
Siempre les comento a mis pacientes que si en una familia hay un solo componente que está gordo, la familia está gorda. Todos sus integrantes deben trabajar para resolver lo que en una familia bien constituida ha de ser un problema en común.
Están todos obligados a colaborar para resolver el problema de un miembro de ella (esta actitud debiera extenderse a todos los conflictos, no solamente al de la gordura).
Esto permitirá que una “familia gorda” se transforme en una “familia delgada”, con lo que se lograría un conflicto menos (y en estas épocas, un conflicto menos no es poca cosa).
Muchísimas veces, existen conflictos comunes a toda la familia, y el adolescente gordo no es más que el emergente del grupo; su conflicto eclipsante significa uno tan importante que sirve para diluir los otros, comunes a todos los componentes de ella, y es muy frecuente que no sea él el único, que haya más de uno con su mismo problema.
El abordaje, en estos casos, es prácticamente imposible. No existe estrategia a poner en práctica, por lo menos en cientos de casos no he encontrado ninguna, y le aseguro, estimado lector, que he ensayado todas las que pude imaginar (que, seguramente, no han de ser más que una pequeña parte de todas las que pudieran ser imaginadas).
Como ya conversamos, en los adolescentes gordos que lo están desde su niñez el tiempo urge. La urgencia se debe a que es en la adolescencia cuando el tiempo pasa más rápido; cuando la adultez está al alcance de la mano. Tengamos presente que muchos de ellos deben “hacerse adultos”, por desgraciadas circunstancias, mucho antes de lo que el tiempo cronológico marca... Y uno nunca sabe...
Debemos, por todos los medios, tratar que vivan la mayor parte de ella sin su “conflicto eclipsante”. Tenemos que lograr que se enfrenten a la mayor cantidad posible de “conflictos de entrenamiento” necesarios –pero nunca suficientes– como para que puedan luego resolver con felicidad los más importantes que han de sobrevenir en su futura larga, y siempre complicada, vida de adultos.
Más atrás le aconsejaba: “Nunca le digas a un gordo que lo está, él ya lo sabe”, pero esta no debe ser una actitud absoluta.
La gordura, las más de las veces, se va desarrollando tan lentamente que su portador no nota los cambios.
Es como el crecimiento. Es tan paulatino que uno no se da cuenta de que está creciendo. Es por eso que cuando nos visitaba una tía a la que hacía ocho meses que no veíamos y mostraba su asombro por nuestro cambio con un —¡Qué alto estás!— esta opinión nos desconcertaba: —Si estoy tan alto como ayer… y ayer lo estaba como antes de ayer… ¡Esta tía está loca!
No nos habíamos dado cuenta, pero en esos ocho meses habíamos crecido tanto como para que nuestra tía lo notara.
Nadie se levanta a la mañana y advierte que está más gordo que anoche. Engordar es un proceso lento, y por lento: imperceptible.
Así como todos “crecemos sin darnos cuenta”, la mayoría de las veces se engorda sin percibirlo. Por eso creo que es lícito y de buen sentido que los padres, o la gente más emocionalmente allegada, en una charla seria, reposada, tranquila, pacífica, en un momento de paz, adecuado al coloquio y a la reflexión, deben, dulcemente, sin ningún tipo de apasionamiento, advertir al joven gordo sobre su condición.
Pueden ocurrir muchas cosas en una conversación de ese tipo, desde que surja que en él existen importantes conflictos ocultos, hasta, simplemente, una cuestión de lo más simple: que ha engordado porque le encanta consumir cosas que engordan (¿Y a quién no?), y siempre se lo han permitido. Mas luego de esa apacible y esclarecedora charla, en donde quizá afloraron conflictos de los que uno ni siquiera tenía sospechas, no debe tocarse el tema por mucho tiempo (vuelvo aquí a hablar de meses, de muchos meses).
Creo que no sería mala idea recomendarle que lea todo lo escrito en este trabajo. Yo, personalmente, le aconsejaría comenzar con la sexta Hipótesis, quizá eso le despierte curiosidad por enterarse del resto. Y si lo hace, si lo lee de prólogo a epílogo, descubrirá que “adelgazar”, desde el estricto punto de vista nutricional, no tiene nada que ver con las hambrunas de las que ha escuchado (o que, quizá, alguna vez haya sufrido); de los retrocesos y frustraciones que ha observado en si mismo, o entre sus amigos y conocidos gordos que han intentado alguna vez “morirse de hambre” con dietas fuertemente carenciadas, o peor: se transformaron en “otras personas” por el consumo de anfetaminas que les recetaron los pseudohomeópatas, o algún que otro alópata, a los que consultaron con la esperanza de “curar su enfermedad”.
Undécima Hipótesis: EL “PACIENTE PROBLEMA”.
(Si estás gordo podrás transformarte en “delgado para siempre” tan solo si entre tus dones figuran el de la paciencia y la perseverancia. Poseerlos te garantizan que son muchos los métodos que han de darte resultado. Pero si aparte gozas del don de la picardía, sabrás elegir, con total seguridad, el que tenga más sentido común.
Si no posees ninguno de los tres, deja de preocuparte: Dios te pondrá por delante otras metas que sí podrás lograr. Pon tu mente y tus esfuerzos en ellas, y deja de lado ese horrible sentimiento de culpa que te tortura.
Convéncete de que la vida sigue siendo bella… a pesar de no ser delgado ni esbelto)
Cuando decidí que era el momento de escribir este libro, hice, como creo que lo hacemos todos, un esquema de los capítulos que lo conformarían.
El número de ellos, a los que me pareció más correcto y tranquilizador denominar HIPÓTESIS, era mayor que el de mis trabajos anteriores.
Y en la lista había uno que, desde el principio, tuve intenciones de no escribir: ÉSTE.
Lo anoté “por las dudas”, por si alguna vez me animaba a hacerlo.
Lo consulté con un gran número de mis pacientes y con colegas que no se dedican a estos menesteres; lo discutimos a fondo con muchos de ellos, y la encuesta dio que sí, que a pesar de todo, costara lo que costara, debía incluirse.
El pensar que en algún momento debería hacerlo fue la causa principal que me obligó a advertir en el prólogo:
“Ha de leer en esta obra muchos conceptos que no van a gustarle.
Estoy seguro de que muchos sentirán una primera sensación de enojo cuando lean ciertas cosas que en ella están anotadas...”. Y la reflexión, ahora mi lema, de Henri Poincarè sobre lo cruel de la verdad y lo consolador del engaño.
Desde hace muchos años acarreo un problema ético–intelectual. Miles de mis pacientes, en general extremadamente gordos, que lo estaban desde su infancia o desde hacía muchos años, fracasaban en la empresa de adelgazar a pesar de que ni el hambre ni la falta de variedad eran esta vez la excusa para el abandono.
A medida que discutíamos cada caso en particular con aquellos dos colegas de antaño se fue forjando una expresión para referirnos a ellos: “Los pacientes problema”.
Desengordaban poco o mucho, y en el mejor de los momentos, en la etapa más interesante de sus progresos, nos abandonaban.
El famoso “ojo clínico” se va agudizando con la experiencia cotidiana, con la evidencia de todos los días, y a medida que pasaba el tiempo el nuestro lo hacía de tal manera que podíamos adivinar con mucha certeza durante cuánto tiempo habrían de seguir concurriendo a la consulta cada uno de los que lograban esa calificación.
Podíamos valorar nuestro día a día perfeccionado ojo clínico en base al porcentaje de aciertos en esas predicciones, que iban aumentando mes a mes, año a año.
Llegó un momento en que después de los primeros treinta o cuarenta minutos de transcurrida la primera entrevista ya estábamos en condiciones de predecir que nuestro paciente problema seguiría visitándonos no más, ejemplo, de uno o dos meses; muchas veces “sabíamos” que ni siquiera vendrían al primer control a pesar de mostrarse, inclusive, muy entusiasmados con la propuesta.
Muchas más veces, después de la segunda o tercera visita estábamos seguros de que ya no habría una próxima. Y, desgraciadamente, casi nunca nos equivocábamos.
Lo más curioso y desconcertante era que nuestras predicciones se hacían más exactas cuanto más rápido desengordaban.
En los principios no entendíamos nada.
¿Por qué nos abandonan más rápido cuanto más rápidamente desengordan, máxime cuando todos comentan lo bien que se sienten?
¿Por qué siguen consultándonos más tiempo cuando su proceso de adelgazamiento es más lento?
Debería ser al revés, el sentido común decía que tendría que ocurrir todo lo contrario de lo que en realidad sucedía: quien desengordara rápido permanecería más tiempo con nosotros, estaría conforme, se sentiría feliz con los buenos logros; quien lo hiciera muy lentamente se agotaría, se aburriría, se desilusionaría y acudiría en busca de algo “más efectivo”.
Pero la realidad, con todas sus paradójicas contradicciones, era tal cual como la he relatado.
La primera hipótesis que se me ocurrió, y con la que todos estuvieron de acuerdo, para explicar tan desconcertantes actitudes fue la de la “crisis de identidad”.
Suponía, aún sostengo esa idea, y cada vez con mayor convicción, que notar en el espejo las rápidas modificaciones que iban sucediendo en su estética les producía una crisis de identidad tal que, inconscientemente, les “obligaba” a abandonar el intento.
Los parangonábamos con los adolescentes. En el momento de la literal explosión del desarrollo que ocurre en esas edades, ellos se sienten desconcertados por tan ostensibles cambios. Ven modificar su cuerpo y su manera de pensar con tanta velocidad que, al no poder adaptarse a cada cambio, porque cuando lo están logrando sobreviene otro que vuelve a desconcertarlos, podría uno decir que enloquecen un poquito.
Por eso los médicos, que somos para algunas cosas relativamente pragmáticos, a esas alteraciones de la conducta y el humor, tan estereotipadas y universales en todos los que atraviesan esa etapa de la vida, le llamamos locuela. Y los psicólogos, que están mejor preparados que nosotros para ese tipo de conflictos, la llaman crisis de identidad. Es cierto: es su identidad la que está en crisis; una crisis producida por los cambios corporales y mentales que se hacen tan evidentes a causa de la rapidez con la que ocurren que no pueden asimilarlos, y eso los enajena.
Los psicólogos tienen toda la razón.
Mas los adolescentes no tienen más remedio que soportarla.
Con el correr de los años los cambios se van haciendo cada vez más lentos, y llega un punto, una etapa, en que se desaceleran tanto que llegan a hacerse imperceptibles. En breve tiempo se adaptan a esta nueva y aparentemente “verdadera y definitiva” personalidad, con lo que la crisis se resuelve. Han llegado por fin a la edad del juicio.
Ellos no pueden hacer nada para evitar los cambios de su juventud. Este es un real conflicto del segundo tipo, y no tienen más remedio que adaptarse a él. La dificultad en lograr una adaptación a un nuevo cambio cuando aún no habían logrado hacerlo con el cambio anterior es la que provoca la famosa crisis.
Pero los gordos que adelgazan, si entran en “crisis de identidad” no están obligados a soportarla irremediablemente hasta que aflore su personalidad definitiva; muchos deciden (ellos pueden hacerlo y no los adolescentes) deshacerse de su gordura o detenerse en un determinado momento de su cambio y permanecer allí todo el tiempo que lo deseen (o durante todo el tiempo que lo soporten). O pueden, es lo más usual, volver al principio, a la personalidad que sentían que tenían antes de comenzado el proceso de adelgazamiento, y con la cual “estaban tan protegidos” (errónea, falsamente protegidos... pero se sentían así, protegidos).
Por todo esto es que anoté, al comenzar esta HIPÓTESIS, que desde hace mucho llevo conmigo un problema ético–intelectual.
Ético:
Porque cada vez que viene a consultarme alguien al que mi ojo clínico cree catalogar en pocos minutos como “paciente problema”, al sospechar que no logrará más que otra frustración en más o menos breve tiempo, siento que de alguna forma yo seré cómplice de esa frustración. Él está lleno de anhelos y yo pretendiendo ayudarlo, de todo corazón y poniendo en la empresa todo lo que en estos años he aprendido, toda la paciencia con que Dios me ha dotado (que es mucha, juro que es mucha, mis pacientes son testigos), intuyo que no podremos encontrar una solución definitiva.
¿No estamos perdiendo el tiempo ambos?
Pero para él es peor, porque aparte de su ilusión está invirtiendo dinero en el intento, dinero que si los resultados son negativos viene uno a advertir que podría haber sido utilizado para algo más productivo, o por lo menos para cosas no tan decepcionantes. Y no acaba de meterse en mi cabeza que sea del todo ético percibir dinero por un trabajo que de antemano sospecho que no ha de solucionar el problema por el que vino a buscar mi consejo.
NOTA IMPRESCINDIBLE: este problema ético me superó, y ha sido la causa de que en el año 2010 dejara de atender a pacientes gordos u obesos que por su gordura me consultaran. Soy médico generalista y geriatra, y eso insume ahora el 100 % de mi actividad laboral. Hoy, ya más maduro y más aterrado por las cosas que aún sigo escuchando y viendo alrededor del “conflicto obesidad”, porque ha de saber que sigo leyendo todo lo que llega a mis manos sobre tan apasionante tema, decidí modernizarlo con el objeto de que pueda llegar a la mayor cantidad de padecientes de gordura u obesidad, inclusive estoy deseando su traducción para llegar a quienes que no hablen español.
Intelectual:
Porque a pesar de mi mucha o poca inteligencia y de las sí muchas oportunidades que he tenido para aprender a utilizarla en estas situaciones (me refiero a la enorme cantidad de “pacientes problema” que han venido a pedir mi auxilio) no he conseguido arribar a la solución final del conflicto que perturba a tantos (en realidad no debiera sentirme tan contrariado, al fin en todo el mundo nadie ha encontrado aún esa solución, y como van las cosas...).
Mas no se sienta usted mal, siga leyendo, no está todo dicho. (tengo necesidad de contarle que he caído en la conclusión que las personas brillantes no son “las inteligentes”, sino aquellas que saben aprovechar al máximo la mucha o poca inteligencia con la que están dotados. El éxito en la vida de los humanos, pienso, surge de una ecuación: inteligencia multiplicada por la capacidad de saber utilizarla. Si se es muy dotado y se tiene poca capacidad de saber usar las dotes, se ha de tener menos éxito que el que alcanzan aquellos que tienen poca inteligencia pero gran capacidad para saber aprovecharla al máximo). La situación es extremadamente compleja, difícil, pero no imposible de solucionar. Ya lo verá, pero lamento anticiparle que todo ha de depender exclusivamente de usted.
A fines de octubre de 1998, concurrió a mi consulta un hombre muy gordo, joven y, según la charla preliminar, una persona, que aparte de muy culta y extremadamente inteligente, mostraba, a mi modesto juicio, todos los francos indicios de saber utilizar óptimamente la inteligencia con la que estaba dotado.
La charla comenzó distendida, y como él también, al igual que la muchacha de la que le hablaba en la sexta Hipótesis, era el último paciente de la noche, teníamos por delante todo el tiempo del mundo para enlazarnos en cualquier tema.
Desde que nació el concepto “pacientes problema”, en mi interior surgió un eufemismo calificatorio, una idea casi obsesiva que siempre quería apartar de mi mente: la de los “gordos intratables”.
Era obsesiva porque estaba casi seguro de que si alguna vez me animara a decírselo a alguien a quien mi buen sentido tipificara como tal, mi conflicto ético–intelectual comenzaría a resolverse.
Obviamente presuponía que no se lo podría decir a cualquier paciente.
No a cualquiera puede uno decirle —Usted es un gordo intratable... Yo no puedo hacer nada por usted… No creo que alguien pueda hacer algo por usted.
El receptor, por lo menos el de la primera vez que intentara semejante comentario, debería ser una persona muy especial: joven, con capacidad de diálogo (y por eso con la aptitud de escuchar), y por sobre todo que demostrara tener un sentido común, un pragmatismo tal como para soportar semejante opinión sin salir disparado del consultorio.
La persona que tenía enfrente, esa para mí memorable noche, mi ojo clínico me lo decía, reunía todas las condiciones como para afrontar la experiencia con esperanzas. Ése era el día, ése era el paciente, ése era el momento de liberar mi conciencia de aquel formidable conflicto.
Y se lo dije.
Después de una amena charla sobre los pormenores de nuestras identidades, después de un silencio en donde un cúmulo de ideas llenaron mi cerebro haciéndome sentir como aquel que por primera vez va a zambullirse en las aguas de un mar helado y no se decide a dar el salto, se lo dije.
No recuerdo textualmente las palabras que usé, nótese que estaba obnubilado por el temor a semejante actitud, pero ahora me suena que fueron más o menos así:
—Es usted un gordo intratable... Yo no puedo hacer nada para ayudarlo... Nadie puede hacer nada...
Me sentí exactamente igual que si me hubiese arrojado a aquel mar helado: ya estaba en el agua, ahora había que sobrevivir a la situación.
A este comentario se sucedió otro silencio que para mi duró horas, pero que en realidad fue de no más de algunos largos segundos.
Su expresión distendida del principio cambió, se acomodó en la silla, hizo mohines (todo eso mientras yo me preguntaba —¡Por Dios ¿Qué hice?!).
A partir de ese momento se suscitó una charla que duró un poco más de dos horas. Siempre me lamenté de no contar con algún aparato que me hubiese posibilitado grabar esa conversación. Creo que es irrepetible.
Todo giraba en torno al hecho de que yo no me resignaba simplemente a ponerle un mote, una calificación, a los pacientes de su tipo. Que tampoco me resignaba a que entre los miles de pacientes “intratables” que en todos estos años habían concurrido a consultarme no hubiese ni siquiera uno que hubiese podido llegar a la meta que soñaba (o por lo menos acercarse a ella o mantener, aunque más no fuese, el mayor o menor logro obtenido). Y le aseguro, querido lector, que he ensayado todas las tácticas imaginables (por lo menos todas las que yo pudiese haber imaginado).
Intenté todo tipo de abordaje dialéctico. Ideé docenas de parábolas y metáforas para tratar que cada uno me entendiera mejor.
Pero no había resultados.
La única solución que veía posible era la de una vez por todas poner sobre la mesa el nudo del intríngulis, la piedra angular de sus anteriores, actuales y futuros fracasos: enfrentarlo a la verdad. Era una actitud heroica, pero cruel y turbadora. No imaginaba otra forma mejor que involucrar al paciente en la búsqueda y el hallazgo de una solución para él. Que deje de sentir de una buena vez que simplemente todo lo que necesita es que algún médico le enseñe la fórmula mágica para alimentarse, y se pase la vida buscando a quien pueda ofrecerle esa fórmula. Que ni remotamente crea que la encontrará viniendo a mi consulta.
Que algo más debíamos hacer. Que entre él y yo debíamos planear una estrategia para solucionar el problema que le había motivado a pedir mi auxilio, y que si al fin lo lográbamos habríamos hallado el modo de ayudar a miles como él.
Se me ocurrió, y se lo comenté, que como primera medida debería escuchar mi vieja “teoría de los dos capitanes”, que dice más o menos así:
“Cuando el mar se encuentra en calma chicha, el barco puede ser piloteado sin ningún inconveniente por el último de los polizones. Pero si la nave se enfrenta con un violento temporal y tiene dos capitanes, se hunde”.
Esta parábola que uso muy a menudo para muchas circunstancias de mi vida, de la de los que me rodean y de las de mis pacientes, surtió un agradable efecto.
El planteo era simple:
—“Imagine que está usted no en un consultorio médico sino en el puente de un barco cuyo destino es transportarlo al país de los delgados. Sabiendo que la travesía estará signada por terribles temporales, si uno de los dos no toma el mando absoluto, si el navío es conducido por ambos con el mismo grado de autoridad, jamás llegaremos a puerto: o nos hundiremos o deberemos emprender el regreso mucho antes de arribar a la meta.”
La idea era que si no se sometía a un verticalismo absoluto no arribaríamos jamás a un final feliz.
Yo dirigiría la nave y él no sería más que un subordinado que acataría todas mis indicaciones sin siquiera opinar (salvo que yo pidiera su opinión). Actitud muy tiránica, lo reconozco, pero la única que creía que quizás pudiera funcionar en estos tan complejos casos.
Sería yo el que decidiera si los logros alcanzados en cada control fuesen correctos o no.
El no debería preguntarme —¿Cuánto bajé?— sino —¿Cómo voy?— Si yo le contestara —¡Va usted muy bien!— él debería aceptar mi opinión. Como también debería aceptarla si le comentara que va muy mal, aunque él pensara lo contrario. Por ejemplo: si bajase mucho en poco tiempo yo le diría que la cosa no está bien (por aquello de la “crisis de identidad”, cosa de la que también hablamos, y durante mucho tiempo), y él, a pesar de ponerse contento por creer que está logrando rápidamente lo que se había propuesto, aceptaría mi opinión, y mi recomendación de ingerir algún tipo de alimento extra que frenara su veloz desengorde con el objeto de evitarle entrar en crisis.
Le comenté mi parecer sobre el erróneo e improductivo uso del lenguaje: él “vino a adelgazar”, y yo le expliqué que esa meta significaba para él una utopía (usando esa palabra en la más negativa de las acepciones).
Adelgazar, transformarse en delgado a partir de semejante gordura, era una meta tan lejana que, estaba seguro, podía jurárselo, después de unos meses, pensando que aún faltaría tantísimo tiempo para conseguirla, le haría desistir del intento (tal como le comentaba más arriba ha ocurrido con los otros de igual condición).
Mi planteo fue que usáramos el otro término: desengordar. La estrategia era introducirlo en una primera etapa de “desengorde”. Luego de lograda, comenzar una especie de “período de mantenimiento” que duraría el tiempo necesario como para que se adaptara a las nueva personalidad que le devolviera el espejo. (Todo el mundo tiene dos personalidades: la que todos advierten en uno, y la que uno piensa de sí mismo. Si uno le pregunta a Juan sobre la personalidad de Luis, Juan comentará que es simpático, alegre, gran amigo, fiel esposo, celoso padre, no muy alto y gordo.
Si se le preguntara a Luis sobre su personalidad, contestaría, invariablemente: “soy” gordo, creo que alegre, fiel esposo...)
Cuando uno inquiere a alguien sobre la personalidad de otro, la descripción siempre comienza por el contenido y termina con el “envase”.
Cuando se le pregunta a un gordo sobre su personalidad invariablemente comenzará describiendo el envase, y recién después hablará del contenido -muchas veces su autovaloración termina luego de describir el envase-.
Esa actitud es absolutamente lógica. Uno tiene la más acabada conciencia de sí mismo a través de la imagen. Y la imagen que le devuelven el espejo y las vidrieras a cada momento, es la de un señor gordo... Que internamente es fiel amigo, celoso padre...).
Luego de su adaptación, iniciar otro período igual al anterior (desengordar otro poco y volver al mantenimiento para otra nueva adaptación). Y así sucesivamente hasta lograr la meta anhelada por ambos.
Le advertí que todo el proceso no podría durar menos de cinco o seis años. Y lo aceptó, debíamos aprovecharnos de su juventud.
Me contó de sus fracasos anteriores.
Le puse en evidencia que él tan solo creía conocer profundamente a un solo gordo (él mismo), pero que yo sabía de las intimidades de miles. Le aconsejé que aprovechara mi experiencia, que “se dejara llevar”. Y también aceptó.
El pacto se cerró cuando me dijo:
—De acuerdo, ...usted sabe de esto mucho más que yo, ...haré lo que me diga, ...me dejaré llevar. Será usted quien capitanee esta nave.
Temí durante toda la semana que ya no regresara. Mi temor era lógico, jamás le había pintado a ninguno de mis pacientes su realidad en forma tan descarnada, máxime que todo fue dicho en la primera consulta y tan solo algunos pocos momentos después de conocernos. Pero el jueves siguiente estaba allí, a la hora en que habíamos acordado.
—¿Cómo voy?— me preguntó después de realizar los controles de rutina ¡Estaba cumpliendo con lo pactado!
Siguió concurriendo a todas las citas puntualmente. Todo marchaba muy bien. Nos hicimos amigos.
Pero al sexto mes, sin aviso previo, dejó de venir. Como no era su costumbre ese tipo de ausencia, me alarmé y le pedí a mi secretaria que le llamase por teléfono. La excusa que esgrimió era totalmente comprensible, y hasta disculpaba el que ni siquiera nos hubiese comunicado su imposibilidad de concurrir: había enfermado de parotiditis (paperas) que le había contagiado uno de sus hijos. Cuando el médico que lo trataba le diera el alta, retornaría a las consultas.
Pero no vino más.
Muchos meses después me habló pidiendo un nuevo turno. Me puso muy feliz su decisión de retomar el tratamiento. Pero tampoco concurrió esa vez, y no nos hemos vuelto a ver.
Durante más o menos seis meses había concurrido con la frecuencia acordada.
Es muy raro que un paciente de su condición permanezca cuidándose correctamente durante tanto tiempo, máxime cuando los logros alcanzados eran tan notorios, según lo conversamos algunas páginas atrás, y más raro aún cuando jamás se comportó como un segundo capitán.
Como por esos tiempos creía que la estrategia estaba dando resultados, me entusiasmé y comencé a utilizarla con otros de características similares, aunque no me animé a hacerlo con más de ocho o nueve de ellos.
Tarde o temprano todos dejaron de venir.
Algunos retornaron varios meses después; las excusas que me daban por haber abandonado el primer intento a veces eran valederas, y otras veces muy peregrinas. Pero siempre, también, volvieron a claudicar.
Siempre siguieron el mismo paradójico patrón: desaparecían más rápidamente cuanto con más velocidad desengordaban. Pero lo más malo fue que ninguno de ellos, por más que lo hubiesen prometido, dejó de actuar como “el otro capitán”. Siempre opinaban a favor o en contra de lo que iban logrando, y peor, actuaban en consecuencia según ellos lo decidían. Ninguno se subordinó totalmente a mis directivas por más laxas y alentadoras que estas fuesen (a pesar de haber hecho, con todos, aparentemente sólidos pactos).
Lo único positivo es que de todos los que pude averiguar, ninguno se embarcó después en “otro intento diferente”, y menos con nada que pudiese tildarse de “mágico”.
Algo he conseguido: quizá ya no desengorden más, pero tengo fe, quiero tener fe, en que ya nadie los podrá estafar con alguna “propuesta milagrosa”. Seguramente en todos ellos quedo la idea, cosa que de ser cierta me haría muy feliz, de hacer las cosas bien o no hacer nada… Hasta que decidan intentar otra vez lo que ahora, seguramente, consideran que es lo correcto.
Quizá usted se identifique con este tipo tan especial de gordos.
Si lo hace, seguramente no ha de sentirse muy bien a estas alturas.
Tal vez se pregunte cuál es el espíritu que encierra el escribir todas estas cosas.
Cuando algunas veces cavilaba cobre cómo darle forma a esta hipótesis, mi pensamiento dejaba de funcionar, automáticamente, cada vez que pretendía imaginar cómo darle fin.
Es voz popular que no es difícil montar a un tigre, lo realmente peligroso es apearse de él. Me siento como si estuviera en los lomos de la fiera y que ha llegado el momento de bajarme, cosa que en realidad me atemoriza.
Lo haré dándole algunos consejos y poniendo en claro algunas cosas.
Si está usted muy gordo y lo ha estado por mucho tiempo, si nunca ha conseguido más que frustraciones cada vez que ha querido cambiar su condición. Si se siente íntimamente desilusionado, sin esperanzas de encontrar alguna solución:
* Como primera medida trate de ya no engordar más, de no seguir aumentando su gordura.
* Convénzase de que en realidad, como le explicaba en la octava Hipótesis, no es tan malo estar gordo.
* Mejore su modo de alimentarse. (Se lo explicaré en la decimoquinta Hipótesis.)
* Si alguna vez siente la imperiosa necesidad de consumir algo engordante porque en su vida ha aparecido un nuevo conflicto, o porque se ha agravado alguno preexistente, consúmalo sin culpas, pero antes de hacerlo tómese unos minutos para razonar: —En qué me beneficia engordar un poco más—. Si no encuentra la respuesta, luego de comer lo que le apetecía, tómese otros minutos (esta vez un poco más de tiempo) para volver a razonar —¿Qué gano haciendo todo lo posible para aumentar mi ‘conflicto eclipsante’, si el nuevo, o el agravamiento del anterior, por más que esté eclipsado sigue existiendo?
* Cambie ahora su manera de referirse al problema. Habrá notado que siempre que usé el verbo ser lo puse entre comillas (“soy” gordo). También recordará que pedí perdón por abusar de los encomillados y que más adelante le explicaría el por qué de ese abuso.
Ahora es el momento de comunicarle el motivo por el cual destaqué siempre esa palabra.
Todos usamos el verbo ser cuando nos referimos a cosas que tienen que ver con la identidad: “soy médico”, “soy argentino”, “soy padre”...Lo usamos cuando la condición que explicitamos con él es permanente (siempre seré médico, argentino y padre, por ejemplo).
El verbo estar, al que nunca encomillé, lo utilizamos para lo que es transitorio, para lo que dejará, tarde o temprano, de suceder: “estoy cansado”, “estoy confundido”, “estoy alegre”. Esas expresiones tienen en nuestra mente un concepto implícito de transitoriedad.
En Medicina, igual que en el lenguaje cotidiano, usamos el verbo ser para cuando algún trastorno de la salud, o algún conflicto, acompañará para siempre a quien lo padezca: “es insuficiente cardíaco”, “es hipertenso”, “es celíaco”... Y el estar para cuando sabemos que el problema que aqueja a alguien, forzosamente ha de ser transitorio, pasajero: “está deprimido”, “está resfriado”, “está contracturado”...
Nadie dice “soy engripado”, como tampoco “estoy diabético”. Todos saben que la gripe ha de pasar; y que la diabetes quedará para siempre, aunque se la domine, se la estabilice, aunque las cifras de glucosa en sangre se logren mantener acotadas toda la vida. El portador de ese padecimiento dice “soy diabético” porque en realidad lo es y lo será por siempre, es ahora, de alguna forma, parte de su identidad.
Los gordos, curiosamente, usan los verbos al revés. “Soy gordo”, dicen, como si estuviesen resignados a la perpetuidad de su estado. Y cuando logran adelgazar: “estoy delgado”, porque en su interior, inconscientemente, están seguros de que el logro obtenido, irremediablemente para su pesar, ha de ser transitorio (intuyen de alguna forma que más adelante volverán a “ser” gordos).
Cambie ya mismo su modo de expresarse. No diga nunca más —“soy gordo”—, califíquese con el “estoy”. Si se equivoca en la charla, corríjase inmediatamente:
—Soy gordo... ¡No! Quiero decir: estoy gordo— Esta tan simple actitud, cuando se haga hábito, ha de producir muy interesantes beneficios.
* No busque soluciones mágicas. Si no se hace uso del sentido común nada resulta, y “resultar”, en estos casos, significa únicamente perpetuar los logros alcanzados. Entonces:
* Métase en la cabeza que lo que usted “necesita” no es adelgazar, sino no volver a engordar nunca más después de haber adelgazado (o, aunque más no sea, después de haber desengordado).
* No se deje engañar por las publicidades que muy hábilmente realizadas se basan, tan solo, en la rapidez de los resultados de algún método. ¿Qué pretende?, ¿Entrar en una furibunda crisis de identidad, no soportarla, volver a engordar y embarcarse en otra torturante frustración? (Ya vimos que el proceso de adelgazamiento tiene tiempos máximos de progreso que nadie puede acelerar con métodos lógicos, racionales, exceptuando el aumento del gasto energético, con ejercicios o caminatas).
* Si alguna vez concurre a algún médico que le inspire confianza, cuya propuesta le atrae por lo lógica, por el sentido común que muestra, “déjese llevar”, no pretenda ser un segundo capitán. No llegará a puerto si decide cogobernar la travesía.
* Si se siente identificado como alguien que utiliza su gordura como un “conflicto eclipsante”, no trate de resolver usted solo su incapacidad de adaptarse a los conflictos del segundo tipo. Pida ayuda a alguien especializado, un psicólogo por ejemplo, planteándole su problema así, simple y llanamente: —No sé adaptarme a vivir con los conflictos de mi vida cuyas causas desencadenantes no pueden ser eliminadas. Quiero que me diga si puede usted ayudarme, entrenarme, para que pueda adaptarme a convivir con ellos y así resolverlos.
* Jamás se compare con otras personas de su entorno. Así como no es para nada gratificante y consolador que su hermano esté más gordo que usted, no ha de ser peyorativo que su amiga esté más delgada (en realidad “menos gorda”), o que quizá sea delgada.
* Si decide cuidar su alimentación NO SE LO CUENTE A NADIE. Por lo menos a las personas que pueda evitar contárselo, no se lo diga.
* Esto va a parecerle muy absurdo: TRATE DE DISIMULAR LOS LOGROS QUE VA OBTENIENDO, usando ropas que le ajusten, por ejemplo. Eso evitará comentarios como —¡Qué delgada/o estas...!— que aunque resulten muy halagadores, no son más que formidables puntapiés a su inconsciente. Porque a estas alturas ya se habrá convencido que es él, su inconsciente, el verdadero dueño de su grasa.
La mayoría de las veces en que un gordo acude en busca de ayuda a algún profesional, no es porque su inconsciente “lo envía” sino porque, simplemente, “lo deja ir”, él sabe que lo que logre no ha de durarle mucho. Contra “semejante enemigo” es que hay que luchar. Perdóneseme la crudeza de todos estos comentarios, pero no estoy exponiendo más que la evidencia. Es la verdad, usted sabe que es la verdad... Y la verdad muchas veces es cruel (por eso el éxito del engaño).
* El más importante de los consejos: JAMAS TOME NINGÚN MEDICAMENTO QUE TENGA POR OBJETO QUITAR EL HAMBRE. En la próxima Hipótesis le contaré algo con respecto a las anfetaminas (esos son los medicamentos que producen tan deleznable efecto) que seguramente hará, eso espero, que jamás decida consumirlas, ni le permita a nadie que ame que lo haga. Y si ya las ha consumido habrá de espantarlo. Pero, qué quiere que yo haga: sabemos que cruel es a menudo la verdad...
* Y el último: siga leyendo, por favor no abandone aquí este trabajo. Vuelvo a pedirle: téngame paciencia. Vuelvo a asegurarle: verá como al final nos hacemos amigos.
¿Se ha dado cuenta que hay muchas cosas que usted puede hacer por usted?
Siempre le digo a mis pacientes que estoy de acuerdo conque la gordura es mala, pero que estoy convencido de que lo malo de ella no está en sí misma, sino en que obliga a quienes la llevan a someterse a torturantes tratamientos, la mayoría de los cuales son mucho más nefastos que la propia gordura; y que ninguno ha de tener un resultado feliz si previamente no está preparado para el cambio.
Si no posees ninguno de los tres, deja de preocuparte: Dios te pondrá por delante otras metas que sí podrás lograr. Pon tu mente y tus esfuerzos en ellas, y deja de lado ese horrible sentimiento de culpa que te tortura.
Convéncete de que la vida sigue siendo bella… a pesar de no ser delgado ni esbelto)
Cuando decidí que era el momento de escribir este libro, hice, como creo que lo hacemos todos, un esquema de los capítulos que lo conformarían.
El número de ellos, a los que me pareció más correcto y tranquilizador denominar HIPÓTESIS, era mayor que el de mis trabajos anteriores.
Y en la lista había uno que, desde el principio, tuve intenciones de no escribir: ÉSTE.
Lo anoté “por las dudas”, por si alguna vez me animaba a hacerlo.
Lo consulté con un gran número de mis pacientes y con colegas que no se dedican a estos menesteres; lo discutimos a fondo con muchos de ellos, y la encuesta dio que sí, que a pesar de todo, costara lo que costara, debía incluirse.
El pensar que en algún momento debería hacerlo fue la causa principal que me obligó a advertir en el prólogo:
“Ha de leer en esta obra muchos conceptos que no van a gustarle.
Estoy seguro de que muchos sentirán una primera sensación de enojo cuando lean ciertas cosas que en ella están anotadas...”. Y la reflexión, ahora mi lema, de Henri Poincarè sobre lo cruel de la verdad y lo consolador del engaño.
Desde hace muchos años acarreo un problema ético–intelectual. Miles de mis pacientes, en general extremadamente gordos, que lo estaban desde su infancia o desde hacía muchos años, fracasaban en la empresa de adelgazar a pesar de que ni el hambre ni la falta de variedad eran esta vez la excusa para el abandono.
A medida que discutíamos cada caso en particular con aquellos dos colegas de antaño se fue forjando una expresión para referirnos a ellos: “Los pacientes problema”.
Desengordaban poco o mucho, y en el mejor de los momentos, en la etapa más interesante de sus progresos, nos abandonaban.
El famoso “ojo clínico” se va agudizando con la experiencia cotidiana, con la evidencia de todos los días, y a medida que pasaba el tiempo el nuestro lo hacía de tal manera que podíamos adivinar con mucha certeza durante cuánto tiempo habrían de seguir concurriendo a la consulta cada uno de los que lograban esa calificación.
Podíamos valorar nuestro día a día perfeccionado ojo clínico en base al porcentaje de aciertos en esas predicciones, que iban aumentando mes a mes, año a año.
Llegó un momento en que después de los primeros treinta o cuarenta minutos de transcurrida la primera entrevista ya estábamos en condiciones de predecir que nuestro paciente problema seguiría visitándonos no más, ejemplo, de uno o dos meses; muchas veces “sabíamos” que ni siquiera vendrían al primer control a pesar de mostrarse, inclusive, muy entusiasmados con la propuesta.
Muchas más veces, después de la segunda o tercera visita estábamos seguros de que ya no habría una próxima. Y, desgraciadamente, casi nunca nos equivocábamos.
Lo más curioso y desconcertante era que nuestras predicciones se hacían más exactas cuanto más rápido desengordaban.
En los principios no entendíamos nada.
¿Por qué nos abandonan más rápido cuanto más rápidamente desengordan, máxime cuando todos comentan lo bien que se sienten?
¿Por qué siguen consultándonos más tiempo cuando su proceso de adelgazamiento es más lento?
Debería ser al revés, el sentido común decía que tendría que ocurrir todo lo contrario de lo que en realidad sucedía: quien desengordara rápido permanecería más tiempo con nosotros, estaría conforme, se sentiría feliz con los buenos logros; quien lo hiciera muy lentamente se agotaría, se aburriría, se desilusionaría y acudiría en busca de algo “más efectivo”.
Pero la realidad, con todas sus paradójicas contradicciones, era tal cual como la he relatado.
La primera hipótesis que se me ocurrió, y con la que todos estuvieron de acuerdo, para explicar tan desconcertantes actitudes fue la de la “crisis de identidad”.
Suponía, aún sostengo esa idea, y cada vez con mayor convicción, que notar en el espejo las rápidas modificaciones que iban sucediendo en su estética les producía una crisis de identidad tal que, inconscientemente, les “obligaba” a abandonar el intento.
Los parangonábamos con los adolescentes. En el momento de la literal explosión del desarrollo que ocurre en esas edades, ellos se sienten desconcertados por tan ostensibles cambios. Ven modificar su cuerpo y su manera de pensar con tanta velocidad que, al no poder adaptarse a cada cambio, porque cuando lo están logrando sobreviene otro que vuelve a desconcertarlos, podría uno decir que enloquecen un poquito.
Por eso los médicos, que somos para algunas cosas relativamente pragmáticos, a esas alteraciones de la conducta y el humor, tan estereotipadas y universales en todos los que atraviesan esa etapa de la vida, le llamamos locuela. Y los psicólogos, que están mejor preparados que nosotros para ese tipo de conflictos, la llaman crisis de identidad. Es cierto: es su identidad la que está en crisis; una crisis producida por los cambios corporales y mentales que se hacen tan evidentes a causa de la rapidez con la que ocurren que no pueden asimilarlos, y eso los enajena.
Los psicólogos tienen toda la razón.
Mas los adolescentes no tienen más remedio que soportarla.
Con el correr de los años los cambios se van haciendo cada vez más lentos, y llega un punto, una etapa, en que se desaceleran tanto que llegan a hacerse imperceptibles. En breve tiempo se adaptan a esta nueva y aparentemente “verdadera y definitiva” personalidad, con lo que la crisis se resuelve. Han llegado por fin a la edad del juicio.
Ellos no pueden hacer nada para evitar los cambios de su juventud. Este es un real conflicto del segundo tipo, y no tienen más remedio que adaptarse a él. La dificultad en lograr una adaptación a un nuevo cambio cuando aún no habían logrado hacerlo con el cambio anterior es la que provoca la famosa crisis.
Pero los gordos que adelgazan, si entran en “crisis de identidad” no están obligados a soportarla irremediablemente hasta que aflore su personalidad definitiva; muchos deciden (ellos pueden hacerlo y no los adolescentes) deshacerse de su gordura o detenerse en un determinado momento de su cambio y permanecer allí todo el tiempo que lo deseen (o durante todo el tiempo que lo soporten). O pueden, es lo más usual, volver al principio, a la personalidad que sentían que tenían antes de comenzado el proceso de adelgazamiento, y con la cual “estaban tan protegidos” (errónea, falsamente protegidos... pero se sentían así, protegidos).
Por todo esto es que anoté, al comenzar esta HIPÓTESIS, que desde hace mucho llevo conmigo un problema ético–intelectual.
Ético:
Porque cada vez que viene a consultarme alguien al que mi ojo clínico cree catalogar en pocos minutos como “paciente problema”, al sospechar que no logrará más que otra frustración en más o menos breve tiempo, siento que de alguna forma yo seré cómplice de esa frustración. Él está lleno de anhelos y yo pretendiendo ayudarlo, de todo corazón y poniendo en la empresa todo lo que en estos años he aprendido, toda la paciencia con que Dios me ha dotado (que es mucha, juro que es mucha, mis pacientes son testigos), intuyo que no podremos encontrar una solución definitiva.
¿No estamos perdiendo el tiempo ambos?
Pero para él es peor, porque aparte de su ilusión está invirtiendo dinero en el intento, dinero que si los resultados son negativos viene uno a advertir que podría haber sido utilizado para algo más productivo, o por lo menos para cosas no tan decepcionantes. Y no acaba de meterse en mi cabeza que sea del todo ético percibir dinero por un trabajo que de antemano sospecho que no ha de solucionar el problema por el que vino a buscar mi consejo.
NOTA IMPRESCINDIBLE: este problema ético me superó, y ha sido la causa de que en el año 2010 dejara de atender a pacientes gordos u obesos que por su gordura me consultaran. Soy médico generalista y geriatra, y eso insume ahora el 100 % de mi actividad laboral. Hoy, ya más maduro y más aterrado por las cosas que aún sigo escuchando y viendo alrededor del “conflicto obesidad”, porque ha de saber que sigo leyendo todo lo que llega a mis manos sobre tan apasionante tema, decidí modernizarlo con el objeto de que pueda llegar a la mayor cantidad de padecientes de gordura u obesidad, inclusive estoy deseando su traducción para llegar a quienes que no hablen español.
Intelectual:
Porque a pesar de mi mucha o poca inteligencia y de las sí muchas oportunidades que he tenido para aprender a utilizarla en estas situaciones (me refiero a la enorme cantidad de “pacientes problema” que han venido a pedir mi auxilio) no he conseguido arribar a la solución final del conflicto que perturba a tantos (en realidad no debiera sentirme tan contrariado, al fin en todo el mundo nadie ha encontrado aún esa solución, y como van las cosas...).
Mas no se sienta usted mal, siga leyendo, no está todo dicho. (tengo necesidad de contarle que he caído en la conclusión que las personas brillantes no son “las inteligentes”, sino aquellas que saben aprovechar al máximo la mucha o poca inteligencia con la que están dotados. El éxito en la vida de los humanos, pienso, surge de una ecuación: inteligencia multiplicada por la capacidad de saber utilizarla. Si se es muy dotado y se tiene poca capacidad de saber usar las dotes, se ha de tener menos éxito que el que alcanzan aquellos que tienen poca inteligencia pero gran capacidad para saber aprovecharla al máximo). La situación es extremadamente compleja, difícil, pero no imposible de solucionar. Ya lo verá, pero lamento anticiparle que todo ha de depender exclusivamente de usted.
A fines de octubre de 1998, concurrió a mi consulta un hombre muy gordo, joven y, según la charla preliminar, una persona, que aparte de muy culta y extremadamente inteligente, mostraba, a mi modesto juicio, todos los francos indicios de saber utilizar óptimamente la inteligencia con la que estaba dotado.
La charla comenzó distendida, y como él también, al igual que la muchacha de la que le hablaba en la sexta Hipótesis, era el último paciente de la noche, teníamos por delante todo el tiempo del mundo para enlazarnos en cualquier tema.
Desde que nació el concepto “pacientes problema”, en mi interior surgió un eufemismo calificatorio, una idea casi obsesiva que siempre quería apartar de mi mente: la de los “gordos intratables”.
Era obsesiva porque estaba casi seguro de que si alguna vez me animara a decírselo a alguien a quien mi buen sentido tipificara como tal, mi conflicto ético–intelectual comenzaría a resolverse.
Obviamente presuponía que no se lo podría decir a cualquier paciente.
No a cualquiera puede uno decirle —Usted es un gordo intratable... Yo no puedo hacer nada por usted… No creo que alguien pueda hacer algo por usted.
El receptor, por lo menos el de la primera vez que intentara semejante comentario, debería ser una persona muy especial: joven, con capacidad de diálogo (y por eso con la aptitud de escuchar), y por sobre todo que demostrara tener un sentido común, un pragmatismo tal como para soportar semejante opinión sin salir disparado del consultorio.
La persona que tenía enfrente, esa para mí memorable noche, mi ojo clínico me lo decía, reunía todas las condiciones como para afrontar la experiencia con esperanzas. Ése era el día, ése era el paciente, ése era el momento de liberar mi conciencia de aquel formidable conflicto.
Y se lo dije.
Después de una amena charla sobre los pormenores de nuestras identidades, después de un silencio en donde un cúmulo de ideas llenaron mi cerebro haciéndome sentir como aquel que por primera vez va a zambullirse en las aguas de un mar helado y no se decide a dar el salto, se lo dije.
No recuerdo textualmente las palabras que usé, nótese que estaba obnubilado por el temor a semejante actitud, pero ahora me suena que fueron más o menos así:
—Es usted un gordo intratable... Yo no puedo hacer nada para ayudarlo... Nadie puede hacer nada...
Me sentí exactamente igual que si me hubiese arrojado a aquel mar helado: ya estaba en el agua, ahora había que sobrevivir a la situación.
A este comentario se sucedió otro silencio que para mi duró horas, pero que en realidad fue de no más de algunos largos segundos.
Su expresión distendida del principio cambió, se acomodó en la silla, hizo mohines (todo eso mientras yo me preguntaba —¡Por Dios ¿Qué hice?!).
A partir de ese momento se suscitó una charla que duró un poco más de dos horas. Siempre me lamenté de no contar con algún aparato que me hubiese posibilitado grabar esa conversación. Creo que es irrepetible.
Todo giraba en torno al hecho de que yo no me resignaba simplemente a ponerle un mote, una calificación, a los pacientes de su tipo. Que tampoco me resignaba a que entre los miles de pacientes “intratables” que en todos estos años habían concurrido a consultarme no hubiese ni siquiera uno que hubiese podido llegar a la meta que soñaba (o por lo menos acercarse a ella o mantener, aunque más no fuese, el mayor o menor logro obtenido). Y le aseguro, querido lector, que he ensayado todas las tácticas imaginables (por lo menos todas las que yo pudiese haber imaginado).
Intenté todo tipo de abordaje dialéctico. Ideé docenas de parábolas y metáforas para tratar que cada uno me entendiera mejor.
Pero no había resultados.
La única solución que veía posible era la de una vez por todas poner sobre la mesa el nudo del intríngulis, la piedra angular de sus anteriores, actuales y futuros fracasos: enfrentarlo a la verdad. Era una actitud heroica, pero cruel y turbadora. No imaginaba otra forma mejor que involucrar al paciente en la búsqueda y el hallazgo de una solución para él. Que deje de sentir de una buena vez que simplemente todo lo que necesita es que algún médico le enseñe la fórmula mágica para alimentarse, y se pase la vida buscando a quien pueda ofrecerle esa fórmula. Que ni remotamente crea que la encontrará viniendo a mi consulta.
Que algo más debíamos hacer. Que entre él y yo debíamos planear una estrategia para solucionar el problema que le había motivado a pedir mi auxilio, y que si al fin lo lográbamos habríamos hallado el modo de ayudar a miles como él.
Se me ocurrió, y se lo comenté, que como primera medida debería escuchar mi vieja “teoría de los dos capitanes”, que dice más o menos así:
“Cuando el mar se encuentra en calma chicha, el barco puede ser piloteado sin ningún inconveniente por el último de los polizones. Pero si la nave se enfrenta con un violento temporal y tiene dos capitanes, se hunde”.
Esta parábola que uso muy a menudo para muchas circunstancias de mi vida, de la de los que me rodean y de las de mis pacientes, surtió un agradable efecto.
El planteo era simple:
—“Imagine que está usted no en un consultorio médico sino en el puente de un barco cuyo destino es transportarlo al país de los delgados. Sabiendo que la travesía estará signada por terribles temporales, si uno de los dos no toma el mando absoluto, si el navío es conducido por ambos con el mismo grado de autoridad, jamás llegaremos a puerto: o nos hundiremos o deberemos emprender el regreso mucho antes de arribar a la meta.”
La idea era que si no se sometía a un verticalismo absoluto no arribaríamos jamás a un final feliz.
Yo dirigiría la nave y él no sería más que un subordinado que acataría todas mis indicaciones sin siquiera opinar (salvo que yo pidiera su opinión). Actitud muy tiránica, lo reconozco, pero la única que creía que quizás pudiera funcionar en estos tan complejos casos.
Sería yo el que decidiera si los logros alcanzados en cada control fuesen correctos o no.
El no debería preguntarme —¿Cuánto bajé?— sino —¿Cómo voy?— Si yo le contestara —¡Va usted muy bien!— él debería aceptar mi opinión. Como también debería aceptarla si le comentara que va muy mal, aunque él pensara lo contrario. Por ejemplo: si bajase mucho en poco tiempo yo le diría que la cosa no está bien (por aquello de la “crisis de identidad”, cosa de la que también hablamos, y durante mucho tiempo), y él, a pesar de ponerse contento por creer que está logrando rápidamente lo que se había propuesto, aceptaría mi opinión, y mi recomendación de ingerir algún tipo de alimento extra que frenara su veloz desengorde con el objeto de evitarle entrar en crisis.
Le comenté mi parecer sobre el erróneo e improductivo uso del lenguaje: él “vino a adelgazar”, y yo le expliqué que esa meta significaba para él una utopía (usando esa palabra en la más negativa de las acepciones).
Adelgazar, transformarse en delgado a partir de semejante gordura, era una meta tan lejana que, estaba seguro, podía jurárselo, después de unos meses, pensando que aún faltaría tantísimo tiempo para conseguirla, le haría desistir del intento (tal como le comentaba más arriba ha ocurrido con los otros de igual condición).
Mi planteo fue que usáramos el otro término: desengordar. La estrategia era introducirlo en una primera etapa de “desengorde”. Luego de lograda, comenzar una especie de “período de mantenimiento” que duraría el tiempo necesario como para que se adaptara a las nueva personalidad que le devolviera el espejo. (Todo el mundo tiene dos personalidades: la que todos advierten en uno, y la que uno piensa de sí mismo. Si uno le pregunta a Juan sobre la personalidad de Luis, Juan comentará que es simpático, alegre, gran amigo, fiel esposo, celoso padre, no muy alto y gordo.
Si se le preguntara a Luis sobre su personalidad, contestaría, invariablemente: “soy” gordo, creo que alegre, fiel esposo...)
Cuando uno inquiere a alguien sobre la personalidad de otro, la descripción siempre comienza por el contenido y termina con el “envase”.
Cuando se le pregunta a un gordo sobre su personalidad invariablemente comenzará describiendo el envase, y recién después hablará del contenido -muchas veces su autovaloración termina luego de describir el envase-.
Esa actitud es absolutamente lógica. Uno tiene la más acabada conciencia de sí mismo a través de la imagen. Y la imagen que le devuelven el espejo y las vidrieras a cada momento, es la de un señor gordo... Que internamente es fiel amigo, celoso padre...).
Luego de su adaptación, iniciar otro período igual al anterior (desengordar otro poco y volver al mantenimiento para otra nueva adaptación). Y así sucesivamente hasta lograr la meta anhelada por ambos.
Le advertí que todo el proceso no podría durar menos de cinco o seis años. Y lo aceptó, debíamos aprovecharnos de su juventud.
Me contó de sus fracasos anteriores.
Le puse en evidencia que él tan solo creía conocer profundamente a un solo gordo (él mismo), pero que yo sabía de las intimidades de miles. Le aconsejé que aprovechara mi experiencia, que “se dejara llevar”. Y también aceptó.
El pacto se cerró cuando me dijo:
—De acuerdo, ...usted sabe de esto mucho más que yo, ...haré lo que me diga, ...me dejaré llevar. Será usted quien capitanee esta nave.
Temí durante toda la semana que ya no regresara. Mi temor era lógico, jamás le había pintado a ninguno de mis pacientes su realidad en forma tan descarnada, máxime que todo fue dicho en la primera consulta y tan solo algunos pocos momentos después de conocernos. Pero el jueves siguiente estaba allí, a la hora en que habíamos acordado.
—¿Cómo voy?— me preguntó después de realizar los controles de rutina ¡Estaba cumpliendo con lo pactado!
Siguió concurriendo a todas las citas puntualmente. Todo marchaba muy bien. Nos hicimos amigos.
Pero al sexto mes, sin aviso previo, dejó de venir. Como no era su costumbre ese tipo de ausencia, me alarmé y le pedí a mi secretaria que le llamase por teléfono. La excusa que esgrimió era totalmente comprensible, y hasta disculpaba el que ni siquiera nos hubiese comunicado su imposibilidad de concurrir: había enfermado de parotiditis (paperas) que le había contagiado uno de sus hijos. Cuando el médico que lo trataba le diera el alta, retornaría a las consultas.
Pero no vino más.
Muchos meses después me habló pidiendo un nuevo turno. Me puso muy feliz su decisión de retomar el tratamiento. Pero tampoco concurrió esa vez, y no nos hemos vuelto a ver.
Durante más o menos seis meses había concurrido con la frecuencia acordada.
Es muy raro que un paciente de su condición permanezca cuidándose correctamente durante tanto tiempo, máxime cuando los logros alcanzados eran tan notorios, según lo conversamos algunas páginas atrás, y más raro aún cuando jamás se comportó como un segundo capitán.
Como por esos tiempos creía que la estrategia estaba dando resultados, me entusiasmé y comencé a utilizarla con otros de características similares, aunque no me animé a hacerlo con más de ocho o nueve de ellos.
Tarde o temprano todos dejaron de venir.
Algunos retornaron varios meses después; las excusas que me daban por haber abandonado el primer intento a veces eran valederas, y otras veces muy peregrinas. Pero siempre, también, volvieron a claudicar.
Siempre siguieron el mismo paradójico patrón: desaparecían más rápidamente cuanto con más velocidad desengordaban. Pero lo más malo fue que ninguno de ellos, por más que lo hubiesen prometido, dejó de actuar como “el otro capitán”. Siempre opinaban a favor o en contra de lo que iban logrando, y peor, actuaban en consecuencia según ellos lo decidían. Ninguno se subordinó totalmente a mis directivas por más laxas y alentadoras que estas fuesen (a pesar de haber hecho, con todos, aparentemente sólidos pactos).
Lo único positivo es que de todos los que pude averiguar, ninguno se embarcó después en “otro intento diferente”, y menos con nada que pudiese tildarse de “mágico”.
Algo he conseguido: quizá ya no desengorden más, pero tengo fe, quiero tener fe, en que ya nadie los podrá estafar con alguna “propuesta milagrosa”. Seguramente en todos ellos quedo la idea, cosa que de ser cierta me haría muy feliz, de hacer las cosas bien o no hacer nada… Hasta que decidan intentar otra vez lo que ahora, seguramente, consideran que es lo correcto.
Quizá usted se identifique con este tipo tan especial de gordos.
Si lo hace, seguramente no ha de sentirse muy bien a estas alturas.
Tal vez se pregunte cuál es el espíritu que encierra el escribir todas estas cosas.
Cuando algunas veces cavilaba cobre cómo darle forma a esta hipótesis, mi pensamiento dejaba de funcionar, automáticamente, cada vez que pretendía imaginar cómo darle fin.
Es voz popular que no es difícil montar a un tigre, lo realmente peligroso es apearse de él. Me siento como si estuviera en los lomos de la fiera y que ha llegado el momento de bajarme, cosa que en realidad me atemoriza.
Lo haré dándole algunos consejos y poniendo en claro algunas cosas.
Si está usted muy gordo y lo ha estado por mucho tiempo, si nunca ha conseguido más que frustraciones cada vez que ha querido cambiar su condición. Si se siente íntimamente desilusionado, sin esperanzas de encontrar alguna solución:
* Como primera medida trate de ya no engordar más, de no seguir aumentando su gordura.
* Convénzase de que en realidad, como le explicaba en la octava Hipótesis, no es tan malo estar gordo.
* Mejore su modo de alimentarse. (Se lo explicaré en la decimoquinta Hipótesis.)
* Si alguna vez siente la imperiosa necesidad de consumir algo engordante porque en su vida ha aparecido un nuevo conflicto, o porque se ha agravado alguno preexistente, consúmalo sin culpas, pero antes de hacerlo tómese unos minutos para razonar: —En qué me beneficia engordar un poco más—. Si no encuentra la respuesta, luego de comer lo que le apetecía, tómese otros minutos (esta vez un poco más de tiempo) para volver a razonar —¿Qué gano haciendo todo lo posible para aumentar mi ‘conflicto eclipsante’, si el nuevo, o el agravamiento del anterior, por más que esté eclipsado sigue existiendo?
* Cambie ahora su manera de referirse al problema. Habrá notado que siempre que usé el verbo ser lo puse entre comillas (“soy” gordo). También recordará que pedí perdón por abusar de los encomillados y que más adelante le explicaría el por qué de ese abuso.
Ahora es el momento de comunicarle el motivo por el cual destaqué siempre esa palabra.
Todos usamos el verbo ser cuando nos referimos a cosas que tienen que ver con la identidad: “soy médico”, “soy argentino”, “soy padre”...Lo usamos cuando la condición que explicitamos con él es permanente (siempre seré médico, argentino y padre, por ejemplo).
El verbo estar, al que nunca encomillé, lo utilizamos para lo que es transitorio, para lo que dejará, tarde o temprano, de suceder: “estoy cansado”, “estoy confundido”, “estoy alegre”. Esas expresiones tienen en nuestra mente un concepto implícito de transitoriedad.
En Medicina, igual que en el lenguaje cotidiano, usamos el verbo ser para cuando algún trastorno de la salud, o algún conflicto, acompañará para siempre a quien lo padezca: “es insuficiente cardíaco”, “es hipertenso”, “es celíaco”... Y el estar para cuando sabemos que el problema que aqueja a alguien, forzosamente ha de ser transitorio, pasajero: “está deprimido”, “está resfriado”, “está contracturado”...
Nadie dice “soy engripado”, como tampoco “estoy diabético”. Todos saben que la gripe ha de pasar; y que la diabetes quedará para siempre, aunque se la domine, se la estabilice, aunque las cifras de glucosa en sangre se logren mantener acotadas toda la vida. El portador de ese padecimiento dice “soy diabético” porque en realidad lo es y lo será por siempre, es ahora, de alguna forma, parte de su identidad.
Los gordos, curiosamente, usan los verbos al revés. “Soy gordo”, dicen, como si estuviesen resignados a la perpetuidad de su estado. Y cuando logran adelgazar: “estoy delgado”, porque en su interior, inconscientemente, están seguros de que el logro obtenido, irremediablemente para su pesar, ha de ser transitorio (intuyen de alguna forma que más adelante volverán a “ser” gordos).
Cambie ya mismo su modo de expresarse. No diga nunca más —“soy gordo”—, califíquese con el “estoy”. Si se equivoca en la charla, corríjase inmediatamente:
—Soy gordo... ¡No! Quiero decir: estoy gordo— Esta tan simple actitud, cuando se haga hábito, ha de producir muy interesantes beneficios.
* No busque soluciones mágicas. Si no se hace uso del sentido común nada resulta, y “resultar”, en estos casos, significa únicamente perpetuar los logros alcanzados. Entonces:
* Métase en la cabeza que lo que usted “necesita” no es adelgazar, sino no volver a engordar nunca más después de haber adelgazado (o, aunque más no sea, después de haber desengordado).
* No se deje engañar por las publicidades que muy hábilmente realizadas se basan, tan solo, en la rapidez de los resultados de algún método. ¿Qué pretende?, ¿Entrar en una furibunda crisis de identidad, no soportarla, volver a engordar y embarcarse en otra torturante frustración? (Ya vimos que el proceso de adelgazamiento tiene tiempos máximos de progreso que nadie puede acelerar con métodos lógicos, racionales, exceptuando el aumento del gasto energético, con ejercicios o caminatas).
* Si alguna vez concurre a algún médico que le inspire confianza, cuya propuesta le atrae por lo lógica, por el sentido común que muestra, “déjese llevar”, no pretenda ser un segundo capitán. No llegará a puerto si decide cogobernar la travesía.
* Si se siente identificado como alguien que utiliza su gordura como un “conflicto eclipsante”, no trate de resolver usted solo su incapacidad de adaptarse a los conflictos del segundo tipo. Pida ayuda a alguien especializado, un psicólogo por ejemplo, planteándole su problema así, simple y llanamente: —No sé adaptarme a vivir con los conflictos de mi vida cuyas causas desencadenantes no pueden ser eliminadas. Quiero que me diga si puede usted ayudarme, entrenarme, para que pueda adaptarme a convivir con ellos y así resolverlos.
* Jamás se compare con otras personas de su entorno. Así como no es para nada gratificante y consolador que su hermano esté más gordo que usted, no ha de ser peyorativo que su amiga esté más delgada (en realidad “menos gorda”), o que quizá sea delgada.
* Si decide cuidar su alimentación NO SE LO CUENTE A NADIE. Por lo menos a las personas que pueda evitar contárselo, no se lo diga.
* Esto va a parecerle muy absurdo: TRATE DE DISIMULAR LOS LOGROS QUE VA OBTENIENDO, usando ropas que le ajusten, por ejemplo. Eso evitará comentarios como —¡Qué delgada/o estas...!— que aunque resulten muy halagadores, no son más que formidables puntapiés a su inconsciente. Porque a estas alturas ya se habrá convencido que es él, su inconsciente, el verdadero dueño de su grasa.
La mayoría de las veces en que un gordo acude en busca de ayuda a algún profesional, no es porque su inconsciente “lo envía” sino porque, simplemente, “lo deja ir”, él sabe que lo que logre no ha de durarle mucho. Contra “semejante enemigo” es que hay que luchar. Perdóneseme la crudeza de todos estos comentarios, pero no estoy exponiendo más que la evidencia. Es la verdad, usted sabe que es la verdad... Y la verdad muchas veces es cruel (por eso el éxito del engaño).
* El más importante de los consejos: JAMAS TOME NINGÚN MEDICAMENTO QUE TENGA POR OBJETO QUITAR EL HAMBRE. En la próxima Hipótesis le contaré algo con respecto a las anfetaminas (esos son los medicamentos que producen tan deleznable efecto) que seguramente hará, eso espero, que jamás decida consumirlas, ni le permita a nadie que ame que lo haga. Y si ya las ha consumido habrá de espantarlo. Pero, qué quiere que yo haga: sabemos que cruel es a menudo la verdad...
* Y el último: siga leyendo, por favor no abandone aquí este trabajo. Vuelvo a pedirle: téngame paciencia. Vuelvo a asegurarle: verá como al final nos hacemos amigos.
¿Se ha dado cuenta que hay muchas cosas que usted puede hacer por usted?
Siempre le digo a mis pacientes que estoy de acuerdo conque la gordura es mala, pero que estoy convencido de que lo malo de ella no está en sí misma, sino en que obliga a quienes la llevan a someterse a torturantes tratamientos, la mayoría de los cuales son mucho más nefastos que la propia gordura; y que ninguno ha de tener un resultado feliz si previamente no está preparado para el cambio.
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